Álvaro casal
Los disidentes cubanos fueron desairados por la nutrida delegación uruguaya que encabezó el presidente Vázquez. ¿O no? Porque si hubieran sido reconocidos como disidentes en forma oficial, no se habría tratado de verdaderos disidentes. Para ser un genuino disidente bajo una dictadura comunista, hay que ser declarado delincuente o demente. Como en la vieja y querida Rusia soviética.
Todo esto me recuerda un episodio personal, mucho más modesto. En 1980 fui invitado a inaugurar una conexión aérea que unía Amsterdam con Belgrado. De inmediato recibí un llamado de la embajada yugoslava. Me dijeron que querían que fuera huésped del entonces moribundo Mariscal Tito, en la muy socialista Yugoslavia. Les contesté que prefería ser independiente.
Al llegar al despoblado aeropuerto de Belgrado, me alegré: no había nadie esperándome. Salí a la puerta y tomé un ómnibus. Bajé en la terminal, junto a una parada de taxis. Allí, un chofer que hablaba un poco de francés, ofreció llevarme al hotel que el superior gobierno me había asignado.
Entonces ocurrió algo sorprendente. Un sujeto grande, corpulento, empezó a gritarle al taxista, le arrebató mi valija y en español gutural y entrecortado me ordenó: "¡sígame!". Yo corrí tras mi valija mientras el gigante aseguraba que el taxista me quería estafar, pues mi hotel quedaba a pasos de allí. Pero no íbamos hacia el hotel. Cruzamos una plaza, entramos en un edificio arruinado y llegamos a una oficina donde una mujer con aire de jefa de un servicio secreto rival al de James Bond, clavó sus ojos en mi persona. Dijo: "Lo estábamos esperando. ¿Por qué se escapó de nosotros en el aeropuerto?" Descarté el tono ominoso de la señora y dije que no me había escapado. Que quería llegar al hotel.
La dama, llamada Jarmila, me miró como si encarara a un majadero y ratificó que más allá de los deseos que yo pudiera tener, era huésped oficial, lo cual significaba el beneficio de salir siempre acompañado por un funcionario. Además preguntó qué quería hacer, aparte del programa de actividades que ya me habían armado. Manifesté: "Quisiera entrevistar al disidente Milovan Djilas".
Su rostro seguía sonriente, pero se endureció en forma curiosa. Otra vez se dirigió al incómodo majadero: "No, no conviene que vaya. Él está loco. Usted no querría verlo."
Me atreví a murmurar que igual quería ver al principal disidente de Yugoslavia. ¿O tal vez a otro disidente?
Entonces ella acentuó tanto la frialdad de su mirada como su sonrisa y explicó: "No, usted no me entiende. Usted no lo quiere ver."
Miré a mi alrededor. Comprobé que varios pares de ojos estaban pendientes de lo que iba a pasar. Estaba más solo que un mono en Siberia. Nadie sabía que yo estaba ahí, en manos de aquellos "patriotas" con manos como jamones, para quienes los disidentes eran sencillamente un peligro y que tal vez me consideraran una molestia.
Inmóvil, sentí que mi epiglotis se resecaba, que mi boca se abría y emitía un sonido parecido al que produciría un cordero tímido, tratando de llamar respetuosamente la atención de su pastor.
Se hizo un silencio. Jarmila lució sonriente una vez más y asintiendo con la cabeza exclamó. "Muy bien. Nos empezamos a entender. Llévenlo al hotel. Mañana empieza la visita oficial."