Qué lío van a tener los padres de esos cuatro niños que tendrán el privilegio de ir a la escuela en la Hyundai del Presidente!
No me gustaría estar en el pellejo de esa gente cuando el chico, deslumbrado por su buena fortuna pero con la curiosidad encendida, llegue a casa y empiece a preguntar. Si se trata de un preescolar, no va a ser tan complicado despejar sus dudas. Con un poco de imaginación, los padres podrán inventar un verso en el cual no sea necesario enfrentarlo a la triste realidad del mundo adulto. Algo así como lo que intentó hacer Orsi con todos nosotros, pero sin teleprompter.
Los papás podrían decirle que como se viene portando muy bien este año y ayuda con los mandados, el Presidente decidió premiarlo con un lugar en la Santa Fe. Pero la situación se complicaría bastante si el pibe es un poco mayor. Ahí va a ser difícil que se coma semejante verso. Además, es probable que a los padres les salga el tiro por la culata y acaben acribillados por una ráfaga de preguntas incómodas. La realidad es que, al igual que le ocurrió a Orsi con la población, nadie va a querer contarle a su hijo la verdadera historia de la camioneta. Porque si ya a esa edad la vara moral queda colocada tan abajo, después va a ser bravo inculcar ciertos valores. Ningún padre va a querer decirle que la camioneta no fue comprada para transportar escolares y que además es una máquina de lujo de ochenta mil dólares que apenas puede llevar cuatro niños. Mucho menos que antes de convertirse en transporte escolar, fue protagonista de una larga cadena de papelones.
Ni hablar si esos papás deciden ser completamente francos con el botija y contarle lo de la rifa, cuyo premio terminó quedándose el rifador; lo de las mentiras descubiertas por la prensa; lo de el asado en el Cabo Polonio; lo de que el presidente no estaba enterado del descuento pero que si ve un descuento se tira de cabeza.
Donde incurran en el error de narrarle al chico la historia completa, que se vayan olvidando de futuros sermones sobre la moral, la honestidad, la palabra, el hacerse cargo de sus acciones.
Los niños no son bobos. Ellos entienden perfectamente las cosas. No como usted, que sí es bobo y no entiende nada. Y por esa condición suya, Orsi estaba seguro que usted se iba a tragar todos sus pacos. Incluso el de que se enteró “de una necesidad concreta de la ANEP” y entonces decidió donar la Hyundai.
También por esa falencia que le impide a usted y a todo el resto de la población ejercer el pensamiento crítico, el senador Daniel Caggiani no dudó ni por un segundo que nos íbamos a morfar lo del “canario bueno” y lo de que “el presidente no quería obtener un beneficio personal”. De la misma forma que Fernando Pereira pensó que íbamos a comprar el “gesto de republicanismo” que según él representó la donación a la ANEP.
Ver la sucesión de hechos bochornosos que atravesó el presidente en las últimas semanas, me recordó a Manolito, aquel entrañable personaje amigo de Mafalda, que durante tantos años apareció al pie de la portada de este mismo diario. Cuando Manolito cometía un error haciendo los deberes o sumando en la libreta del almacén, se sacaba el zapato y trataba de borrar con la suela de goma. Yip, yip, yip. Así de tosco fue todo el caso de la Santa Fe.
Para terminar, le transcribo el diálogo final entre el preescolar y su papá:
-Papi, ¿tuvo que trabajar mucho el presidente para poder comprar esa camioneta?
-No, nene. Lo difícil no fue conseguir la camioneta. Lo complicado vino después..