HEBERT GATTO
Es común interpretar la victoria de Sebastián Piñera en Chile como el primer signo del quiebre en la preferencia hacia la izquierda de los votantes latinoamericanos, una tendencia sustentada en su momento, por el agotamiento de los partidos de orientación liberal. Las actuales tendencias en Brasil y Argentina avalarían este cambio. En otro de los clásicos "corsi e ricorsi" que acompañan a la política mundial, la denominada "nueva izquierda" comenzaría, por primera vez, a revertir su crecimiento.
Pero en rigor Chile no avala esta tesis. Ni su derecha es un conglomerado reaccionario enfilado a desempolvar las dudosas glorias de Pinochet, ni la derrotada concertación de izquierda constituye un conjunto de radicales en pos de la revolución socialista. Izquierdas y derechas se han enfrentado en Chile durante años, ambas reivindicando sinceramente la democracia liberal. Lo que demuestra que cuando se trata de partidos sistémicos, aquellos que acatan esta forma de gobierno, ello es más relevante como rasgo definitorio, que su afiliación ideológica a una izquierda o derecha de contenidos cada vez más difusos. Por eso, en este campo, la norma es una alternancia de partidos que no sorprende ni trastorna.
No ocurre lo mismo con la otra parte de la izquierda latinoamericana, la reunida en el Foro de San Pablo, última versión de la III Internacional. Rescatando a Fidel Castro, conforma con Cuba, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia la nueva tribu pos soviética que promete innovar, viajando hacia el pasado. Una forma de navegar de popa, que mezcla en dosis variable autoritarismo, antiliberalismo, antiimperialismo, populismo, nacionalismo étnico y demagogia clásica, que proclama la nueva pócima para la liberación.
Por estos días, reafirmando ese trillo, Chávez se declaró marxista, como hace medio siglo -con más oportunismo- había hecho su mentor cubano. Concomitantemente sumó otros seis canales de televisión a la larga lista de clausuras y al reprimir, asesinó al pasar, a dos estudiantes. La medida contó con el apoyo entusiasta de Evo Morales, porque los medios -sostuvo- "deben decir la verdad". Este modo de gobernar, común a todos ellos y típico de la izquierda del siglo XX, sí marca diferencias con la democracia; se relaciona con una particular concepción ideológica de la vida asociativa y su relación con el poder. Ilustra la distancia entre doctrinas con dimensiones totalitarias (de izquierda o de derecha), que actúan excluyendo la participación de la sociedad civil y aquellas que entienden la política y su entorno, como resultado del pluralismo y el intercambio de informaciones y opiniones.
Un pueblo cuya memoria es nacionalizada -recordaba Kolakowski- se convierte en propiedad del estado. En este sentido clave, estas medidas adoptadas hacia los medios no son ni un error, ni un capricho bolivariano. Obedecen a la naturaleza profunda de un modelo diseñado para monopolizar la comprensión de la verdad. Sin expropiar a su favor la producción del sentido con que la sociedad interpreta su vida y su historia, tanto pública como privada, estos regímenes no podrían subsistir. Pero por ahora nada indica que su poder esté declinando.