Volver a Casapueblo era algo que tenía pendiente desde la muerte de Carlos Páez Vilaró, de la que se cumplirán doce años el próximo 24 de febrero. No me atrevía, porque a lo largo de una década larga fui un visitante frecuente, recibido con la hospitalidad y la alegría del dueño de casa y de su mujer Annette Deussen.
Varias veces concurrí con mis hijos que pudieron conocer y disfrutar de los anfitriones, que nos recibían en la buena mesa con la que Annette agasajaba a los invitados y las innumerables historias que Carlos compartía. En verano los encuentros eran en la terraza del área privada de Casapueblo, donde la inconmensurable belleza de la bahía de Portezuelo abraza e hipnotiza a quien la contemple. En invierno, las reuniones se daban en su taller lindero al Museo, donde Páez desde muy temprano por las mañanas, pintaba.
En otras ocasiones, me invitaba a su taller ubicado en una de las cúpulas de esa enorme construcción que emula a una obra de Antoni Gaudí. Allí, además de centenares de lienzos en proceso y cuadros terminados, se encuentra el archivo personal de Páez Vilaró. Cuidadosamente clasificadas y guardadas en cajas y biblioratos, atesora, cartas, dibujos, fotos, documentos y recortes de prensa de una vida tan rica en la que la aventura, el arte y su obsesión por reivindicar al candombe como una de las expresiones más auténticas de nuestra cultura, fueron su razón de existir.
Casapueblo, esa enorme escultura que hace más de seis décadas se erige sobre la ladera oeste de Punta Ballena y desciende hasta dejarse acariciar por el mar de Portezuelo, fue la obra más conocida de un hombre infatigable. Páez vivió hasta los 90 años y dedicó más de 70 a la pintura y al arte en su acepción más amplia. En esos encuentros nació Hasta donde me lleve la vida, su biografía que tuve la enorme fortuna de escribir.
El jueves, al entrar a Casapueblo por la puerta de siempre me invadieron los recuerdos. No estaba Carlos para recibirme con su generosa sonrisa, pero sí estaba María Dezuliani, su colaboradora de muchos años y hoy Directora del Museo al que, diariamente, visitan más de dos mil personas. Todo está como lo dejó Carlos cuando partió en 2014.
La magia del lugar perdura y resulta aún más vívida a la hora del atardecer, en la que la gente se aglomera emocionada en sus terrazas para contemplar como el sol se apaga entre las sierras y el mar, mientras se escucha la voz del pintor recitando su poema al sol.
También me acordé de las tardecitas de febrero, cuando con el arquitecto Enrique Benech, íbamos hasta la calle Curuguatí en el Barrio Sur a saludar a Carlos antes de que partiera con Juan Velorio ( había bautizado a su tambor, un piano, con el nombre de su fabricante) en las Llamadas. Lo hacía en la comparsa Cuareim 1080, de su entrañable amigo Juan Ángel Silva. Fueron más de 60 años en los que Páez participó en las Llamadas, la última en febrero de 2014, dos semanas antes de partir de este mundo.
En estas horas, en que los tambores vuelven a tronar en el Barrio Sur, es bueno recordar que Carlos Páez Vilaró fue parte importante de esa expresión cultural, a la que, además, reivindicó y retrató siempre en sus lienzos.