LUCIANO ÁLVAREZ
La fuente original, y única, de la historia de Lucía Miranda se encuentra en el capítulo V de La Argentina, de Ruy Diaz de Guzmán, escrita en 1612. Fue recogida más tarde por los historiadores jesuitas, Lozano, Guevara y Charlevoix, por Félix de Azara y en los siglos XIX y XX, sería objeto de varias novelas menores. Por otro lado muchos historiadores se atarearon en negarle una base histórica y la consideran apenas una leyenda. No discutiré estas teorías, basta decir que se basan menos en las pruebas que la desmientan que en la falta de otros documentos, salvo el original, que la verifiquen. También, justo es decirlo, esta historia se amolda a una de las tipologías del relato más conocidas: "El amor más poderoso que la muerte", en la que bebieron Shakespeare, y el anónimo autor del romance del conde Olinos.
Asimismo es necesario preguntarse por qué Ruy Díaz, un cronista que procura ajustarse a los hechos eludiendo los relatos maravillosos, incluiría éste fragmento notoriamente "literario". El lector curioso podrá rastrear e involucrarse en la discusión, yo me limitaré a comunicar los datos fundamentales de la peripecia de esta mujer en tiempos del descubrimiento.
Lucía Miranda era una bella española que llegó al río de la Plata acompañando a su esposo, el capitán Sebastián Hurtado en tiempos de Sebastián Gaboto y la fundación del Fuerte de Sancti Spiritu (1527), a orillas del Carcarañá. Ambos eran naturales de la ciudad andaluza de Écija. Si bien parece seguro que no formaban parte de la tripulación de Gaboto, es probable en cambio que vinieran con la de Diego García de Moguer, en 1528, quien se sumó al navegante veneciano en la búsqueda de la Sierra de Plata, e instaló parte de su tripulación en el fuerte referido.
Las relaciones con los timbúes eran buenas y el intercambio comercial fluido; los indígenas proveían buena parte del abastecimiento. Dos hermanos, Mangoré y Siripo, eran los caciques, valientes y expertos en las artes de la guerra
A lo largo de los meses de trato con los españoles sucedió que Mangoré fue cautivado por la belleza de Lucía Miranda y decidió hacerla suya. Comenzó por las artes de la seducción, trayéndole numerosos regalos, pero la indiferencia de la esposa de Sebastián Hurtado no hizo más que llevar su pasión a la impaciencia y la furia, al punto que propuso a su hermano Siripo traicionar a los españoles, asaltar el fuerte y raptar a la mujer. Su argumento era que, al fin y al cabo, los extranjeros estaban instalados en tierras suyas y hasta sus vidas les pertenecían. Siripo dudó, pero al fin cedió ante la presión de Mangoré.
Sancti Spiritu apenas estaba defendido por un escaso terraplén de tierra. De todos modos, precavidos, Mangoré y Siripo esperaron a que un grupo de cuarenta españoles, entre los cuales iba Sebastián Hurtado se embarcaran "en un bergantín en compañía del capitán Ruiz García, para que fuesen por aquellas islas a buscar comida, llevando por orden, se volviesen con toda brevedad con todo lo que pudiesen recoger."
Entonces entraron con treinta hombres al fuerte con el pretexto de comerciar, tal como lo hacían habitualmente. Sin embargo, afuera esperaban un contingente de timbués que Ruy Díaz, seguramente exagerando mucho, dice que llegaban a cuatro mil hombres. Y agrega que "con todo silencio llegaron al muro de la fortaleza, y a un tiempo los de dentro y los de fuera cerraron con los guardas, y pegaron fuego a la casa de munición, con que en un momento se ganaron las puertas, y a su salvo, matando los guardas, y a los que encontraban de los españoles, que despavoridos salían de sus aposentos a la plaza de armas, sin poderse de ninguna manera incorporar unos con otros; porque como era grande la fuerza del enemigo cuando despertaron, a unos por una parte, a otros por otra, y a otros en las camas los mataban y degollaban sin ninguna resistencia, excepto de algunos pocos, que valerosamente pelearon: en especial don Nuño de Lara, que salió a la plaza haciéndola con su rodela y espada por entre aquella gran turba de enemigos, hiriendo y matando muchos de ellos." Fue una carnicería; sólo algunos pudieron salir con vida escapando hacia los barcos. Mangoré murió en el ataque y Lucía, con otras cuatro mujeres, quedó cautiva. Esto sucedió en septiembre de 1529.
Cuando Siripo constató la muerte de su hermano y vio a "la dama que tan cara le costaba, no dejó de derramar muchas lágrimas, considerando el ardiente amor que le había tenido, y el que en su pecho iba sintiendo tener a esta española; y así de todos los despojos que aquí se ganaron, no quiso por su parte tomar otra cosa, que por su esclava." Siripo también estaba enamorado de Lucía. Se la llevó consigo, le dijo que desde entonces ella sería "señora de todos sus dominios" y la hizo su mujer principal.
Sebastián Hurtado volvió a Sancti Spiritu --dice Ruy Díaz-"y enterándose que su Lucía era cautiva de los timbúes, decidió ir en su búsqueda y quedarse cautivo con su mujer, estimando eso en más, y aun dar la vida, que vivir ausente de ella; y sin dar a nadie parte de su determinación se metió por aquella vega adentro, donde al otro día fue preso por los indios, los cuales atadas las manos, lo presentaron a su cacique y principal de todos, el cual como le conoció, le mandó quitar de su presencia y ejecutarlo de muerte; la cual sentencia oída por su triste mujer, con innumerables lágrimas, rogó a su nuevo marido no se ejecutase, antes le suplicaba le otorgase la vida para que ambos se empleasen en su servicio, y como verdaderos esclavos.
Siripo aceptó a condición de que Sebastián y Lucía no tuviesen trato de especie alguna. Así pasaron dos años. Sin embargo los esposos lograban verse a escondidas en el monte, hasta que una de las mujeres de Siripo, celosa de la española los delató. El cacique, enfermo de rabia ordenó quemar viva a Lucía. A Sebastián lo ataron de pies y manos a un algarrobo, y le lanzaron dardos, primero, y luego, flechas hasta que lo mataron.
Así contó, inventó, rescató o aderezó esta historia Ruy Díaz de Guzmán.