Cuando faltan tres años para la campaña de 2029 es imposible imaginarse qué elementos serán los que definan las decisiones ciudadanas que fijen mayorías y minorías de futuro. Sin embargo, lo que sí ya sabemos, hoy, es lo que distintos resultados de encuestas nos proveen y lo que las evoluciones electorales y políticas de largo plazo nos enseñan.
Las encuestas señalan pocos cambios sustanciales en materia de intención de voto, o simpatía partidaria o afinidades hacia liderazgos aquí y allá. En verdad, en una sociedad envejecida como la nuestra y con partidos profundamente arraigados social y culturalmente, como son el Frente Amplio (FA), el Partido Nacional y el Partido Colorado, que si se los toma en conjunto no reciben menos del 80% de los votos hace ya muchos lustros, es bastante previsible que esta quietud esencial se mantenga para el horizonte de 2029. O, en sentido contrario, tendría que pasar algo muy potente y disruptivo para hacer que estos tres partidos dejaran de recibir ese aproximado 90% de intención de voto que obtuvieron en conjunto en 2024.
El gran desafío político y electoral está en el campo opositor: la decisión de conformar o no la Coalición Republicana (CR) para el ciclo electoral próximo, a nivel nacional y para todos los departamentos del país. Semejante asunto no se logra con una coordinación parlamentaria, o con unas reuniones periódicas de cúpula para conversar de tal o cual asunto. Sin un anhelo bien expresado, sin una esperanza bien definida, sin una voluntad poderosa que se transforme en el empuje que se precisa para avanzar en una propuesta de cambio profunda y radicalmente asentada en valores muy propios de los uruguayos, el parco andar de la tortuga coalicionista actual de ninguna manera conducirá a conformarla.
Sin ritmo, sin potencia y sin decisión que se muestren desde ya, ocurrirán tres cosas muy previsibles y serán las siguientes. Primero, algunos departamentos organizarán coaliciones locales, como hizo Salto de forma exitosa en 2025, y no se logrará nada parecido a una ola nacional que refleje al menos 17 triunfos coalicionistas en sendos departamentos para 2030. Segundo, el reparto de bancas de octubre sobrerrepresentará al FA, como ocurrió en 2024, y eso favorecerá a su candidato para el balotaje. Y tercero, todo esto tensará las relaciones entre partidos no izquierdistas, además de federalizar más las estructuras de cada uno de esos partidos, ya que cada circunstancia departamental, y hasta municipal, decidirá como se le dé la gana.
Al no haber debates internos, ni análisis democratizados, ni voluntad de conversar abiertamente sobre todo esto en ningún partido tradicional, todo termina resolviéndose a golpe espasmódico de cúpulas partidistas. Los blancos viven una apatía nefasta esperando los augures del líder, cuyo cronograma de definiciones para fin de 2027 es tan conocido como inamovible. Los colorados navegan entre una sincera inteligencia coalicionista de Ojeda, y una voluntariosa expectativa de liderazgo de Bordaberry, quien este verano dijo sentirse traicionado por un gobierno al que quiso ayudar en 2025 (chocolate por lo previsible).
Si se quiere una CR exitosa el camino es distinto al que hoy están transitando los partidos tradicionales. Esta tortuga, así, no llega.