La sal que colmó el vaso

Un antropólogo marcaba hace unos años la paradoja de que la gente pague por cosas que ya tiene en abundancia. Hablaba del agua, embotellada, que debería ser un lujo y no una necesidad. Recurrir a ella y no poder tomar de la canilla huele a derrota. El agua plastificada es un recuerdo de nuestra desconfianza hacia lo público.

El ser humano lleva milenios intentando domesticar al agua y peleando por ella. El desafío es global y Uruguay no es, ni será, la excepción. En lo individual, para empezar, hay bastante por hacer. Es difícil persuadir a la gente de que la cuide.

Es más complejo cuando no somos conscientes de que se nos van entre 6 y 26 litros cada vez que tiramos de la cadena, 90 en limpiar la ropa, 100 en una ducha, 400 en lavar el auto y 1.000 en regar un jardín. Usamos bastante y no solemos cuidarla, pero el agua para consumo humano representa el 5% del agua potable de Uruguay.

Los principales productos de exportación (carne vacuna, celulosa, soja, lácteos, y arroz) son intensivos en consumo de agua. El hecho de que sea difícil saber con exactitud, por ejemplo, el uso diario de agua de UPM es revelador.

Un cálculo conservador indica que toma del río Negro el equivalente al consumo de 1 millón de personas por día. Se necesitan 12 millones de litros para sembrar una hectárea de arroz. Para producir un kilo de carne, se requieren 15.000 litros. Como consumidores también jugamos un papel.

¿Cómo reconciliar las necesidades del sector productivo con el interés público? Hay actores vociferantes en épocas de vacas flacas, diestros en mirar para el costado en otras, y escurridizos a la hora de exponerse a cuestionamientos. A los malla oro hay que cuidarlos y exigirles. Su aporte es innegable, su responsabilidad, también. No importa quién está a cargo del poder, importa que se hagan cargo. Toca cuidar más al vulnerable que, en esto de tomar agua, somos todos.

En Uruguay se pierde la mitad del agua que transporta OSE, arreglar las cañerías cuesta US$ 400 millones y no se considera redituable.

Las fugas son comunes en el resto del mundo y los números, dispares: hay países en donde representan el 10% y en otros, el 60%. Tenemos caños seculares e inaugurar nuevos nunca sumó votos. Hasta ahora.

Cuando recordemos la “Crisis del agua 2023”, habrá más de un momento en el que nos preguntaremos: ¿en serio? En el tercer lugar del podio: “Hay mucha gente que puede dejar de comprar una Coca-Cola y comprarse el agua”. Premio a la falta de sensibilidad para la vicepresidenta de OSE. Solo para algunos comprar agua embotellada es apenas un inconveniente. Para muchos impacta en su presupuesto.

Segundo puesto, cómodo, para los responsables de tirar una bengala de humo en las oficinas de OSE. ¿En qué lugar de trabajo hacer algo así no tiene consecuencias? ¿Qué hubiera dicho el líder de los funcionarios de OSE si se hubiera interrumpido su reunión sindical? ¿Cuántos se habrían rasgado las riñoneras y protestado ante la OIT?

Mucho se castiga, y con razón, a los políticos. Poco se cuestiona el nivel de una clase sindical cada vez más desconectada de la inmensa mayoría de los trabajadores.

Una de las funciones de las organizaciones, entre ellas partidos políticos y sindicatos, es promover que asciendan los mejores y evitar que los peores lleguen a un espacio de poder.

La ineficiencia no distingue ideologías ni colores, y el día que nos rebelemos contra ella empezaremos a avanzar como sociedad. La indignación es necesaria, pero insuficiente para cambiar.

Primer lugar, indiscutido, para la persona que gobierna Montevideo y ojea la Presidencia.

Dueña de una cínica habilidad para asustar embarazadas, llorar lágrimas de cocodrilo, y pedir ayuda donde sea con tal de llevar agua para su comité. La política deja resabios más desagradables que un vaso de agua con sal.

Vaya una mención especial a la planta desalinizadora que no entró en el Hércules por 15 centímetros. A los que tuitearon rezos para que lloviera. A los paganos que se encomendaron a solucionar el problema con lluvia. Y a la letárgica reacción de las autoridades. Las dejo para el final, pero su responsabilidad es mayor.

Ojalá la crisis sirva para que se piense en el largo plazo y se hagan las inversiones necesarias, se profesionalice la gestión del agua y se divulgue de manera más transparente la información. Y para que el sector productivo se haga cargo en serio del agua que usa. Si no se aprovecha la crisis para corregir este abuso, se habrá desperdiciado una oportunidad.

No estamos solos en esto. Entre dos mil y tres mil millones de personas sufren escasez. Al ritmo actual, la demanda en siete años será un 40% mayor que el suministro. Si las principales empresas mundiales pagaran el costo real del agua, serían 10% menos rentables. Eso es plata. Y hay mucho en juego.

¿Qué otras crisis nos afectan y podrían explotar en el futuro? Que el agua sirva para abrir los ojos, pensar y prepararse.

* Juan Paullier escribe columnas en El País desde 2023. En 2006 empezó a trabajar como periodista. Durante una década fue corresponsal de la BBC en Londres, Miami, Caracas y Ciudad de México.

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