La elección de Brasil fue “civilización contra barbarie”. Ese fue el comentario de un amigo tras los resultados del domingo. Casualmente citando la misma oposición que tras la primera vuelta en el país norteño había hecho un editorial de este diario.
El tema es que para mucha gente, en particular simpatizante del Frente Amplio, las elecciones brasileñas implicaban una cuestión moral, casi civilizatoria. Donde de un lado estaba todo lo malo (el “agronegocio”, la depredación ambiental, las armas, los evangélicos, los “ricos”), y del otro el sindicalista vilipendiado y que ahora vivía una resurrección casi religiosa.
Una cosa muy llamativa de estas miradas es que suelen ser empuñadas por gente que ostenta un nivel intelectual o académico superior. Pero que se terminan aferrando a consignas chatas, que impiden profundizar en el análisis. La primera en este caso, y eje central del editorial mencionado, es que en Brasil votaron a Lula los sectores más pobres, menos educados y menos abiertos al mundo. Mientras que en los estados más prósperos y con gente más formada (y en los amazónicos), Bolsonaro arrasó en las urnas.
Pero hay una pregunta importante que hay que hacerse: ¿por qué en Brasil, pero también en Uruguay, hubo gente que ante una opción tan lejos del ideal como entre Lula y Bolsonaro mostraba más simpatía por el segundo? A fin de cuentas, nadie duda que Bolsonaro es un señor bastante desagradable, bocón, que mezcla política y religión de manera chocante, y que tuvo actitudes irracionales con las vacunas en pandemia.
Mirado desde Uruguay, el primer motivo sería el interés nacional. Algo que es verdad que para la izquierda muchas veces queda tapado por alineamientos internacionalistas medio raros, pero tá. La verdad que los gobiernos de Lula fueron nefastos para Uruguay. Consagraron una alianza con el kirchnerismo argentino que cerró el Mercosur y nos forzó a sumarnos a un proteccionismo que si ya es retrógrado para países grandes como ellos, para nosotros es suicida. Vale recordar cuando Tabaré Vázquez quiso el TLC con EE.UU. Lula nos mandó a Celso Amorim disfrazado de Lecor a decirnos que no podíamos. ¡Y nosotros agachamos la cabeza!
Amorim fue la resurrección del histórico imperialismo clase B brasileño, que se siente con derecho a intervenir en todo el continente como su patio trasero. ¿Sabe quién es el probable canciller del nuevo gobierno de Lula? Pues sí, el simpático don Celso, ahora cargando 80 vueltas al sol. Imagínese lo que se viene...
En segundo lugar está el temita ese de la corrupción. Los gobiernos de Lula hicieron un acuerdo con los mayores empresarios del país, sobre todo de construcción, para que a cambio de privilegios en la obra pública, aceptaran enormes sobrecostos cuyos márgenes eran usados por el PT para comprar apoyos en el Parlamento.
El caso del juicio de Lula, que luego fue anulado por motivos formales, el tipo usaba un apartamento de tres pisos frente a la playa top de Guarujá, su esposa hasta supervisó obras de mejoras, que era propiedad de uno de esos empresarios “amigos”. A quien incluso llevaba en su avión a giras a otros países para “recomendarlo”. Vale recordar que OAS, la empresa que iba a construir la regasificadora acá, fue una de las implicadas en eso. No es que estemos sugiriendo nada, ¿eh?
Nadie en Brasil duda que Lula lideró un esquema industrial de corrupción. Y los que lo votaron, en su mayoría, lo hicieron tapándose la nariz. Pero hay algo terrible de votar a un corrupto, y es que se da el mensaje de que eso no es tan grave. Brasil lo viene haciendo desde tiempos del “rouba mas faz” de Adhemar en los años 30. Así le va.
Hay un tercer elemento que explica que tanta gente apoye a alguien como Bolsonaro, o como Trump... o como los demagogos irredentos del otro extremo ideológico, ya sea López Obrador en México, o José Mujica acá.
En las últimas décadas, cierta mirada socialdemócrata ha sido muy exitosa en copar la sensibilidad media de un vasto sector que domina el debate público. Hoy en día, políticos, periodistas, académicos, entidades internacionales... todos comparten una sensibilidad, unas ideas, y una mirada bastante similar. Muy marcada además por la agenda que mueve a las sociedades urbanas de los países ricos. Pero esa agenda tiene problemas. No ha dado los éxitos que prometía, impulsa prioridades que no son las de nuestros países y, sobre todo, es tremendamente intolerante. Al punto que no titubea en acusar a quien se pasa de la raya de “facho”, “nazi”... o “bárbaro”.
Eso tiene podrido a mucha gente. Y es en buena medida lo que está potenciando a liderazgos que chocan con las certezas y verdades que muchos damos por incuestionables. Es una especie de caudillismo siglo XXI. Pero que por su tamaño e influencia sería bueno analizar de manera menos soberbia para tratar de entender bien de dónde viene y a dónde nos va a llevar.