La penillanura

En realidad empecé a escribir sobre este tema en Abril del año 2021; fue un artículo en Voces que titulé “Serán Atendidos”. Si lo pienso un poco más compruebo que empecé antes, con un libro que titulé “El País que no Quiere Morir” (Ed. Fin de Siglo, Mvdeo. 1996).

Volviendo al presente el sacrificado lector habrá advertido que desde el año pasado comenzó a aparecer en artículos de prensa una alusión o referencia al “pacto de la penillanura” como una especie de acuerdo fundamental que caracterizaría al Uruguay. A veces aparece textualmente y otras veces es la idea; la han usado economistas como Javier de Haedo y politólogos como Adolfo Garcé. También -sin querer y sin nombrarlo expresamente- a eso parecen aludir los inversores extranjeros cuando aplauden al Uruguay como país confiable, predecible, atractivo para invertir, libre de saltos abruptos ni sorpresas aún con los cambios de gobierno.

Tanta coincidencia sugiere que algo debe haber: esas expresiones apuntan a algo que es real. El asunto es qué valoración se le da: ¿radica allí la gran virtud del Uruguay o es su punto flaco? Quien hace muchos años percibió esto fue Real de Azúa y lo sintetizó en el título de su libro más famoso: habló de impulso y freno a la vez. Hoy el pacto de la penillanura ya no tiene que ver con el impulso sino más bien con el freno: es en ese sentido que hoy es utilizada (y lamentada) esa expresión.

En la larga serie de artículos que he escrito después de aquel “Serán Atendidos” de 2021 yo insistía que, en mi análisis, una porción considerable de uruguayos había tomado distancia de lo que ahora se alude como el pacto de la penillanura votando a Lacalle Pou y el Partido Nacional. Se había producido -en mi percepción- un inicial desplazamiento de la mentalidad uruguaya tradicionalmente cautivada por las tareas propias de un país que no quiere morir hacia otro entusiasmo más afín con inscribirse en un país que quiere nacer. Una cosa es estar comprometido en no morir y otra muy distinta es el empeño por nacer y renacer; no son complementarios: la cabeza, el ánimo, la visión, funcionan distinto en cada caso.

Cuando aquel gobierno fue respaldado en dos plebiscitos (resistiendo una propagando negativa virulenta y muy profesional) y el asunto encontró su verbo, libertad responsable, me pareció que algo nuevo había tenido efectivamente lugar en una parte significativa de la opinión pública. En esa nueva gramática política tenía lugar y sentido aquello de apostar al malla oro (frase esencialmente disonante con el país que no quiere morir, pero apropiadísima en un país que quiere nacer).

Hoy aquello ha quedado atrás. ¿los motivos? ¿las explicaciones?... Ahora estamos nuevamente en la penillanura: el país que no quiere morir ocupa espacios, se despliega. Un ejemplo que ayuda a aclarar lo que vengo afirmando es la planta de portland de ANCAP en Paysandú y la consigna, la campaña, el esfuerzo para que no muera. Hace años que esa planta está conectada a un respirador artificial… El gobierno del país que no quiere morir aplica su dinamismo a los CTI: ese es su horizonte y, sobretodo, esa es su justificación íntima.

Se puede neutralizar todo lo antedicho arrojando en la discusión la moderación, el equilibrio, la prudencia, que son virtudes indiscutibles y así neutralizar el asunto (y volver a santificar un país al pairo). Pero, ¿no nos estará faltando una invitación a desplegar las velas? ¿Un ventarrón en la penillanura?

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