JULIO MARÍA SANGUINETTI
EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA
Se han cumplido, el 29 de noviembre, los 60 años de la resolución de Naciones Unidas que creó dos Estados, uno judío y otro árabe, sobre la base de la partición de Palestina. Hubo 33 votos a favor, 13 en contra -los países árabes principalmente- y 11 abstenciones, entre ellas las de Gran Bretaña y Argentina.
En esa ocasión se aprobó un proyecto elaborado por una Comisión de 11 miembros, que luego de 6 meses de trabajo decidió que debían constituirse dos Estados y no uno solo confederado, como sostenían algunos países. En esa Comisión, el Uruguay tuvo un rol protagónico, por intermedio de una delegación que presidía nuestro Embajador en Naciones Unidas, el brillantísimo orador que era Enrique Rodríguez Fabregat, el eminente profesor Oscar Secco Ellauri y el Ing. Edmundo Sisto como técnico.
Si esta resolución hubiera sido acatada por los Estados árabes, la población palestina de la región hubiera tenido su Estado y miles de muertos e innúmeros sufrimientos se habrían evitado. Pero la intransigencia predominó y en la madrugada del día siguiente comenzaron los tiros, las bombas, una huelga general en Jerusalem y un saqueo feroz de la ciudad sagrada. A partir de allí, ni un día de paz tuvo el pueblo israelí, que declarará la independencia de su Estado el 14 de mayo de 1948, el mismo día en que Sir Alan Cunningham, la autoridad británica, puso fin a su mandato.
Israel fue reconocido inmediatamente por EE.UU. y Rusia, y enseguida por Guatemala y Uruguay, el primer país sudamericano que lo hizo, con la firma del Presidente Luis Batlle Berres y su Ministro de Relaciones Exteriores Don Daniel Castellanos. Como nota curiosa recordemos que la resolución de Naciones Unidas se da un viernes y sobreviene un fin de semana largo, con el feriado patriótico del 18 de mayo en lunes. Allí, en Las Piedras, es avisado el Presidente Luis Batlle de la necesidad de emitir rápidamente un pronunciamiento y desde allí mismo lo dispone con un pequeño billetito, que se transforma en decreto al día siguiente.
Esa resuelta actitud del gobierno uruguayo no era un arrebato romántico circunstancial sino el resultado de una posición histórica, que ya se había planteado en 1920 en la Sociedad de Naciones y en 1945 en San Francisco, por una delegación que presidió como canciller el Ing. Serrato (único Ministro que antes había sido Presidente de la República) y que presentó con un gran discurso Héctor Paysée Reyes.
Por entonces actuaba en Montevideo, un Comité Pro Palestina Hebrea, en que aparecían como principales figuras el Dr. Augusto Turenne, primer Presidente, el poeta Sabat Ercasty, segundo Presidente, y -entre otros- Celedonio Nin y Silva, Oscar Secco Ellauri, Antonio Grompone, Justino Jiménez de Aréchaga y Hugo Fernández Artucio. Ese comité nació en 1944 en El Ateneo de Montevideo y acompañó a Moshé Tov, diplomático judío representante del movimiento sionista, en una visita realizada al Presidente Juan José Amézaga y el Canciller Eduardo Rodríguez Larreta. Como se aprecia, la actitud gubernamental fue invariable en el apoyo a la causa judía, lo que se hace particularmente relevante porque quien dominaba Palestina era una Gran Bretaña a la que todo el país reverenciaba por su heroísmo en la 2ª Guerra mundial.
Aquel Estado de Israel, que comenzaba a aletear hace 60 años, se constituía con una nación de 600.000 personas y un territorio árido, que compartían con otros tantos árabes. Hoy esa nación ha pasado los 7 millones de habitantes, de los cuales l millón largo no son judíos, aquella tierra yerma es un jardín y es vanguardia en el progreso de nuestra civilización. Desgraciadamente, esa inmensa construcción convivió con siete guerras, dos Intifadas e innúmeras batallas y aún hoy debe soportar el asedio constante de sus fanáticos enemigos.
Nuestro país, en términos generales no ha abandonado, felizmente, esa amistad que posee tan poderosas raíces. Pero cuando la situación se pone al rojo vivo, no somos muchos quienes levantamos la voz en su favor, como ocurrió no hace mucho, cuando Israel hubo de librar una guerra contra la organización terrorista de Hezbolah en territorio libanés y sufrir una horrorosa campaña mediática, que le ubicaba como agresor pese a ser la víctima. Las propias Naciones Unidas, que crearon ese Estado, en lo que ha sido el mayor éxito de su existencia, ha sufrido el atropello de una mayoría regimentada que hasta llegó a condenar al sionismo como racismo.
Una pequeña luz, muy tenue, alumbra hoy en el sendero de la paz. Ojalá pueda resplandecer cuanto antes. Pero ínterin todo Occidente debiera asumir que la sobrevivencia de Israel es su propia causa y que no puede seguir aceptando que haya quienes nieguen el Holocausto nazi y presidentes como el de Irán que pregonen su destrucción y desaparición y todavía reciba el insólito apoyo latinoamericano del Presidente venezolano.
Desde ya que es absurdo que un Estado miembro de Naciones Unidas proclame su propósito de borrar del mapa a otro socio, pero mucho más allá de lo particular, Israel es parte esencial, semilla original de nuestra civilización.
¿Qué es Occidente sino -como dice George Steiner- el sentido de la igualdad ante la ley de Jerusalem y la racionalidad filosófica, científica y artística de Atenas?
¿Que es Occidente sino esa síntesis, que en Roma se desdobla luego en la construcción jurídica de su República e Imperio y el nacimiento del Cristianismo? La sobrevivencia de Israel es por ello aún más que la causa de un Estado y un pueblo; es la afirmación de lo que somos quienes creemos en la libertad humana.