La normalidad de lo extraordinario

Desde que el mundo vio por televisión aviones atravesando como dagas en rascacielos que ardieron como antorchas hasta hundirse en el vientre de Manhattan, lo imprevisible fue volviéndose cotidiano.

El siglo 21 comenzaba con el primer atentado terrorista que alcanzó un rango genocida y fue transmitido en vivo y en directo. Estados Unidos era atacado en su propio territorio, pero el atacante no era un país enemigo sino un grupo terrorista.

En el firmamento aparecía un nombre largo y extraño: Osama bin Muhammad bin Awda bin Laden.

El terrorismo ya no fue un fenómeno local de ideologías extremistas, como las Brigadas Rojas en Italia; el Rotee Armee Fraktion (Fracción del Ejército Rojo) al que los alemanes llamaban Baader-Meinhof ; ni separatismos como el Euskadi Ta Askatasuna (ETA) en España o el Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK) en Turquía, entre otros.

Aquel 11 de setiembre fue la presentación oficial del terrorismo global. Y fue de matriz ultra-islamista.

La organización fundacional de este capítulo de oscuridad terrorista es Al Qaeda, que ya había atacado a los norteamericanos en un puerto de Yemen y en las embajadas de Nairobi y Dar el Salam.

De esa matriz salió otro engendro aún más monstruoso: el Estado Islámico Irak-Levante (ISIS, o DAESH según su acrónimo en árabe). Una de las metástasis fue Al Qaeda Mesopotamia, por cuyas filas pasó Ahmed al Sharaa, que en Irak, tras la caída de Saddam Hussein, tomó como nombre jihadista Abú Mohamed al Golani.

Ayman al Sawahiri, el sucesor de Bin Laden, lo envío de nuevo a su país, Siria, al frente del Jathab al Nusra, brazo de Al Qaeda en la guerra contra el régimen de Bashar al Assad. Durante los últimos años estuvo atrincherado en su bastión de Idlib, pero en sólo diez días revirtió trece años de un conflicto que parecía transitar sus estertores con Al Assad como virtual ganador, luego de que lo salvaran de la debacle Irán, Hezbollah y las fuerzas rusas que salieron de sus bases sirias para defender al dictador que le garantizaba esas posesiones militares adquiridas por la URSS en 1970.

La fulminante ofensiva conquistó Alepo, luego Hama, después Homs y desde allí se lanzó hacia la capital, Damasco, controló sin disparar un tiro porque el ejército sirio se desbandó y el dictador huyó a Moscú.

Seis años antes había ocurrido una metamorfosis única en la historia. Abu Mohamed al Golani dejó su nombre de guerra y retomó su verdadero nombre, Ahmed al Sharaa, como parte de un giro copernicano que incluyó romper con Al Qaeda, adoptar una posición centrista y multiétnica, aliarse con las milicias islamistas pro-turcas, conseguir el respaldo de Ankara y también, posiblemente, el de Israel.

Al vencer al régimen, Al Sharaa proclamó un estado multiétnico en el que las minorías (alauitas, drusos, cristianos y kurdos) serían respetadas. Todas las milicias menos ISIS podrían sumarse al nuevo ejército nacional.

Aún falta que logre crear un gobierno estable y aceptado por todas las partes; que Israel se retire a su territorio tras haber destruido con bombardeos los arsenales y cuarteles del ancien regime; que cumpla con su palabra de un gobierno abierto y moderado, y que colabore con pacificar Medio Oriente respetando a sus vecinos y a las potencias occidentales.

Si eso ocurre, será un acontecimiento sin antecedentes. Hasta ahora, siempre que el ultra-islamismo imperó en un territorio impuso leviatanes demenciales. Los talibanes en Afganistán, ISIS en Irak y Siria, Hamas en la Franja de Gaza, los hutíes en Yemen y Al Shabad en Somalia son algunos ejemplos.

Por cierto, no puede descartarse que Al Sharaa haya simulado moderación y, consolidados su triunfo y su poder, imponga en Siria una dictadura religiosa tan brutal como el régimen secular caído.

En definitiva, nunca un extremismo islamista gobernó de otro modo que no sea persiguiendo, encarcelando, torturando, masacrando y estableciendo teocracias delirantes. Y nunca un líder engendrado en el vientre de Al Qaeda se convirtió en un estadista razonable y pacificador. Pero, de momento, eso parece ser lo que está ocurriendo.

¿Será una nueva señal de que el mundo atraviesa un capítulo en el que la normalidad es lo extraordinario?

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