La noche que grité "¡Fica Dilma!"

Eduardo Pons Echeverry, dirigente nacionalista que supo jugársela por la democracia en la dictadura militar, decía que en casos de extrema tensión uno puede llegar a abjurar de forma casi inconsciente hasta de los principios políticos.

Eduardo Pons Echeverry, dirigente nacionalista que supo jugársela por la democracia en la dictadura militar, decía que en casos de extrema tensión uno puede llegar a abjurar de forma casi inconsciente hasta de los principios políticos.

Lo ilustraba con la siguiente anécdota personal. Notorio como ex ministro de gobierno y ex presidente del club Nacional, Pons salía del hipódromo de Maroñas en tiempo de elecciones, cuando desde un camión cargado de batllistas de la 15, le lanzaron una lluvia de insultos. “Me dio tanta rabia que no me salía una respuesta rápida hasta que de pronto, sin pensarlo, les contesté con lo que más podía ofenderles: ¡Viva Herrera!, les grité yo, que toda mi vida fui blanco independiente y por tanto antiherrerista”.

Recordé esta historia porque algo parecido pasó hace poco cuando asistí en el torneo de tenis de Miami, al match entre nuestro compatriota Pablo Cuevas y el brasileño Tomás Bellucci. Ver a un tenista uruguayo, número 21 del mundo, en un certamen de nivel superior, no es cosa de todos los días. Tampoco era común el ambiente creado en torno a la cancha, como se confirmó minutos antes de comenzar el partido, cuando la nutrida hinchada de Brasil (10 a 1 en relación a la uruguaya) atronó los aires con un insistente “¡Fora Dilma!”. Tal es la impopularidad actual de Dilma Rous-seff, presidenta de Brasil, que hasta en un estadio norteamericano, la gente aprovecha para gritarle que se vaya, de la misma forma que lo hace en las calles de su país.

Razones tienen para estar enojados. A la crisis económica que Rousseff busca remediar con un ajuste impopular, se suman la crisis política (falta de apoyo parlamentario) y la ética (denuncias de corrupción que involucran a decenas de políticos y empresarios). El problema fue que el malhumor de los brasileños se canalizó contra Cuevas al punto que el árbitro pidió varias veces a los espectadores que guardaran compostura, pero fue inútil. Incluso, un grupo de jóvenes enarbolando la “verdeamarela” avanzó con gestos poco amistosos hacia el minúsculo sector de público uruguayo en una actitud inverosímil en el mundo del tenis. En el fútbol esa situación hubiera sido explosiva. Empero, la sangre no llegó al río pues los nuestros toleraron con paciencia a los “hooligans” no sin lanzarles el infaltable “¡Recuerden Maracaná!”. Mientras un Cuevas nervioso jugaba cada vez peor allí estaban los hinchas del país poderoso intentando intimidarlo. Bellucci se sentía tan locatario que pudo parar el juego varias veces exagerando una lesión y distrayendo al rival. Cosa rara en un torneo mayor, el clima de patota se instaló en el Grand Stadium ante el estupor de los neutrales aficionados locales. Finalmente Bellucci ganó y festejó su victoria con unos saltos que desmentían su condición de lesionado ante el alborozo de una hinchada brasileña que celebraba como si aquello fuera la final de la copa del mundo.

Entonces ocurrió algo que me recordó la anécdota de Pons Etcheverry. Desde la hasta entonces prudente hinchada uruguaya partió un grito que fue la forma más sarcástica de devolver gentilezas a los fastidiosos hinchas norteños: “¡Fica Dilma!”. Solidario con ese grito favorable a la Rousseff sentí que traicionaba mis principios políticos, pero vaya si valió la pena ver las caras de los brasileños.

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Antonio Mercader

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