Quizás esta columna debería titularse “La Amnesia” porque trata de la pérdida, el extravío de la memoria. La memoria de una sociedad, la memoria social, es uno de los elementos constitutivos de una sociedad (o de una civilización). En el Uruguay contemporáneo el cuidado por no perder la memoria se ha centrado en lo relacionado con la dictadura militar y a los excesos descargados sobre la sociedad. Está bien. Pero hay otro campo, extenso y variado, a descubrir.
Para aclarar el concepto conviene empezar con ejemplos. En Montevideo solo los viejos conservamos el recuerdo, la imagen, de una ciudad pulcra, no graffiteada. Tampoco se conserva memoria colectiva de una ciudad caminable, de veredas sanas, por ejemplo. Y los montevideanos no tienen memoria de una ciudad limpia. Al haberse perdido la memoria no hay lamentación, no hay sentimiento de pérdida, no hay, se perdió, vivencia de otra cosa… no hay motivos de preocupación.
Algunos viejos nos enojamos con las autoridades municipales por su contumaz inoperancia para cumplir con su obligación de limpiar la ciudad. Pero la mayoría no. Todos los contenedores exhiben un número telefónico a donde avisar desborde de basura. Avisados acuden rápido: doy fe, porque lo uso con frecuencia (no son empleados municipales, es un servicio tercerizado): Los contenedores desbordados están así porque nadie de la cuadra solicita ese servicio, porque ningún vecino halla nada raro, porque han perdido la memoria de una ciudad limpia y ya ni huelen el olor a podrido que se levanta en la puerta de su edificio.
Otra memoria social que se ha perdido es la de asistir a un partido de fútbol sentado en la tribuna con la patrona y los hijos chicos. Ahora el tipo va al estadio, está siempre de pie, gran parte del tiempo saltando, mucho rato de espaldas a la cancha mirando las banderas, las bengalas, las barras, los cantos, es decir, participando atentamente en el espectáculo que lo entusiasma y que es lo que realmente ha ido a ver.
Otra memoria que se ha perdido -por lo menos en el rigor que supo tener- es la del respeto por el voto. Hasta los militares de la dictadura, cuando en el 80 perdieron el plebiscito que habían convocado, respetaron el resultado: la memoria social uruguaya del respeto al pronunciamiento sufragado era sagrada.
Eso se empezó a desdibujar en el olvido y pocos años después de aquel episodio del año 80 se planteó un plebiscito por la Ley de Caducidad. A algunos no les gustó el resultado y convocaron otro por los mismo: y el resultado volvió a ser negativo Entonces, abandonado cualquier recato, inventaron una ley. Tanta desfachatez hizo que Fernández Huidobro, avergonzado y furioso, renunciara a su banca del Senado.
Ahora se acaba de anunciar que culminó sus trabajos la comisión, nombrada a dedo, llamada Diálogo Social, que se había formado para buscarle la vuelta y encontrar manera de contradecir y no cumplir lo que ratificó la ciudadanía en el plebiscito contra la reforma de la seguridad social en el período de gobierno anterior.
De los tiempos en que se respetaban los votos de la gente va quedando cada vez menos memoria. Y si no queda memoria colectiva, es como el olor de la basura en la puerta de casa de los montevideanos; a nadie le mueve un pelo.