Los británicos “tenemos con Estados Unidos todo en común, excepto el idioma”.
Como si parafraseara aquella la lúcida ironía de Oscar Wilde en “El Fantasma de Canterville”, el rey se atrevió a decir en el Capitolio las razones por las que hoy Londres y Washington parecen hablar en idiomas diferentes.
Marchando a contramano de las posiciones de su arrogante anfitrión, Carlos III se sumó a la lista de personalidades locales e internacionales que critican duramente a Donald Trump.
En esa lista está el Papa León XIV, líderes conservadores europeos como el alemán Frederich Merz, la italiana Georgia Meloni, el eslovaco Robert Fico y tantos más, además de celebridades norteamericanas del mundo artístico, deportivo e intelectual, y recientemente se agregó Tucker Carlson, el periodista que adora a Vladimir Putin y es una ficha del Kremlin en el tablero político estadounidense.
Para estupefacción de republicanos y demócratas, Carlson se disculpó por haber ayudado a Trump a recuperar la presidencia.
A esa larga lista de los que vapulean al magnate neoyorquino ahora se sumó Charles Philip Arthur George Mountbatten Windsor, monarca del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, y soberano de los otros catorce reinos que integran la Commonwealth.
Muchos no podían creer que fuese ese rey tímido quien dijera ante el mismísimo Trump todo lo que el millonario narcisista detesta que le digan.
Algunos hasta se habrán pellizcado para verificar que no fuese un sueño. Y efectivamente, no lo era. Quien sin perder la compostura demolía las posiciones del magnate neoyorquino en materia de cambio climático, vínculo transatlántico, guerra Rusia-Ucrania, futuro de la OTAN y Caso Epstein, entre otras cosas, era nada menos que Carlos III.
En la célebre novela de Wilde, el fantasma de Sir Simon Canterville expresa la alcurnia británica, mientras que la familia Otis, llegada desde un país sin alcurnia, representa un mundo moderno que no siente miedo por la presencia espectral que quiere atemorizarlos, sino que, por el contrario, les resulta graciosa.
Carlos III parafraseó la significación de la idea expresada por el gran escritor de la era victoriana, pero no para resaltar la diferencia entre una aristocracia perezosa y una modernidad impertinente, sino para mostrar la diferencia abismal que existe entre la visión histórica, ideológica y geopolítica del Trump, y la de los demás miembros de la OTAN, así como también la distancia oceánica entre el modelo iliberal que propicia MAGA y la democracia liberal que defienden las centroizquierdas y centroderechas europeas.
En el Capitolio, Carlos III resaltó el deber moral y cultural de ayudar a Ucrania en la guerra criminal que le impuso Rusia.
El discurso del rey dejó en claro que Trump aleja a Washington de sus aliados, rompiendo un vínculo histórico que ha sido exitoso en términos militares, económicos y políticos.
Se deduce que lo hace por identificarse con el asesino serial que habita el Kremlin, igual que las ultraderechas quintacolumnistas de Rusia que buscan destruir Europa desde adentro.
Carlos III contradijo a Trump en todo, pero sin perder la elegancia británica, el tono amable y sus discretísimos toques de humor. También defendió la democracia liberal, hoy jaqueada por los iliberales como Trump, y dio una clase magistral sobre la importancia de preservar el sistema de “checks and balances” que impide que un mandatario se convierta en autócrata.
Que lo aplaudiera de pie el hemiciclo entero fue una señal del éxito que tuvo su forma de plantear el mensaje centrista que defienden la democracia liberal europea.
Fue en el Capitolio donde ese inglés al que nadie imaginaba aventurándose con audacia fuera de los límites del protocolo, finalmente mostró talento de estadista y se recibió de rey.
Frente a semejante espectáculo, Trump tuvo que esforzarse en contener sus rencores y recurrir al humor educado para saludar el discurso del monarca: “felicitaciones, lograste que te aplaudan los demócratas, algo que yo nunca consigo”.