La máquina de dañar

Generalmente, las carencias en política cultural pasan por debajo del radar. Para colmo, el énfasis en la cultura suele padecer un doble desinterés público: por un lado desde las posiciones más liberales -llamémosle libertarias-según las cuales la mejor política cultural es la que no existe, y por el otro desde una izquierda que está inmejorablemente posicionada entre artistas e intelectuales. Si el Estado deja de invertir en cultura, los primeros festejan y los segundos hacen la vista gorda, total, ¿para qué preocupar a quienes ya les son fieles?

Pero estamos los que, desde un centrismo hoy impopular, entendemos que la política cultural es un imperativo del Estado, en la trasmisión de valores para que, por ejemplo, los ecos de Onetti no se apaguen al ritmo reguetonero.

Con perdón de los lectores mileístas, soy un convencido de que el Estado debe asumir un rol central en la divulgación y promoción de la cultura, como contrapeso eficaz de subproductos populistas que embrutecen a mucha gente, en lugar de enriquecer su intelecto y sensibilidad. No se trata de asalariar artistas; lo importante es que las expresiones más valiosas del pensamiento y el arte (ya sea por su fidelidad a tradiciones como por su capacidad de innovación), sean accesibles a más gente

Por eso no entendí la razón de que la Biblioteca Nacional cerrara sus puertas durante siete meses, prometiendo una renovación futurista de la que por ahora nada se sabe. Y por eso también vi con preocupación el comunicado publicado por Pablo Silva Olazábal, un prestigioso escritor compatriota que además dirige en Radios Públicas, hace 16 años, un programa señero en la promoción de la literatura nacional: La máquina de pensar.

Desconozco si lo que él denuncia está en vías de solucionarse -así lo espero- pero resulta insólito que desde enero se haya levantado del aire uno de los pocos programas radiales que daba al autor nacional un lugar de divulgación y destaque, justamente en una emisora pública que está para eso y no para relatar fóbal.

Me he enterado de que otros programas de prestigio corrieron suerte similar, como el excelente Serendipia que conducía Malena Rodríguez, de puertas siempre abiertas a los creadores nacionales de todas las disciplinas del arte, y Espíritu libre, de ese genio de la radio uruguaya que es Gustavo Rey.

Pablo Silva cuenta que desde enero “en el horario de La máquina de pensar se pasa música” y que “no se cansa de intentar comprender una situación que es sencillamente incomprensible”.

A su enojo se suma una durísima declaración del Sindicato Único de Trabajadores de las Radios del Estado (SUTRE), emitida el pasado 30 de marzo, que denuncia “rebajas salariales impuestas de forma unilateral”, “precarización de las condiciones de contratación”, “incertidumbre laboral”, “incumplimiento en el pago de salarios y adeudos” y “falta de un proyecto de comunicación pública, con el consecuente vaciamiento de contenidos culturales”.

Me consta que al frente del Secan hay personas sensibles a la cultura y que ha habido marchas y contramarchas en asuntos presupuestales y de conducción de las radios. Pero estaría bueno no convertir esto en otra “biblioteca del futuro” y dar rápida y eficiente continuidad a programas y comunicadores que, en un país y un mundo signados por el oportunismo comercial y la frivolidad, siguen apostando por la cultura de calidad.

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