La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”, escribió Milán Kundera. Varias de sus novelas son las armas que aportó para que la memoria luche contra el olvido de lo que fueron los totalitarismos del siglo 20.
Olvidar la oscuridad de los sistemas que constituyen la dictadura absoluta, posibilitaría un retorno de aquellas ingenierías sociales.
Por ese peligro latente en un mundo que va olvidando todo, es que reflexionó sobre Nietzsche y el eterno retorno en su novela “La insoportable levedad del ser”.
En rigor, el totalitarismo nunca desapareció del todo. Corea del Norte continúa siendo un Estado totalitario. Pero la mayoría de los autoritarismos de este tiempo son dictaduras y autocracias de distinta gradación.
Todas las dictaduras constituyen un crimen contra las libertades individuales y públicas. Pero no todas las dictaduras alcanzan el rango de totalitarias, el nivel más oscuro y aberrante del autoritarismo.
Por denunciarlo en sus novelas, Kundera fue censurado en Checoslovaquia y debió exiliarse cuando los tanques soviéticos aplastaron el proceso reformista impulsado por Alexander Dubcek y conocido como la Primavera de Praga.
Dos escritores checos hicieron los mayores aportes de la literatura contra el totalitarismo: Franz Kafka y Milán Kundera.
Desde el absurdo y la distopía, Kafka había mostrado rasgos del totalitarismo antes de que el totalitarismo exista. Si bien El Proceso se publicó en 1925, la novela fue escrita mucho antes y Kafka no quiso publicarla, voluntad que, al morir el escritor, fue traicionada por su amigo Max Brod, para bien de la literatura universal.
El Proceso describió el carácter absurdo del totalitarismo antes de que el estalinismo terminara de convertir el régimen creado por Lenin en un sistema totalitario, y antes de que Hitler engendrara su propio totalitarismo.
Kundera no imaginó al totalitarismo que describió en sus novelas, lo padeció en el país que por entonces se llamaba Checoslovaquía. Por eso su obra tiene un gran valor político: mostrar un sistema que puede regresar a los países que lo padecieron.
Ese riesgo que sobrevuela el mundo resalta el valor de libros como La Broma, su primer novela y una de las primeras descripciones demoledoras de la naturaleza del totalitarismo. En ella, a través de la desventura del personaje, Ludvic Jahn, cuya vida quedó atrapada en las consecuencias de una broma que hizo sobre la cúpula comunista en los tiempos de Stalin, explica el totalitarismo como un espacio en el que no hay lugar para el humor.
La parafernalia discursiva, la espectacularidad escénica y los recargados relatos que sacralizan la posición propia y demonizan a la opuesta, entran en lo que Kundera describió a través de una palabra alemana: kitsch.
Ese término es usado como sinónimo de cursi, o de mal gusto, pero el significado que le dio el escritor checo es más profundo: aquello que aparenta una grandeza que no tiene; el engaño que consiste en disfrazar de crucial lo fútil y de trascendental lo intrascendente.
En “La insoportable levedad del ser” recurre al término decimonónico que luego usaban los críticos del “avant-garde”, para describir los primeros de mayo en los países del Pacto de Varsovia. La simbología y el protagonismo de las masas eran el imponente envoltorio de un vacío abismal. Todo era una monumental simulación para ocultar océanos de dudas, miedos y desilusiones. Las multitudes en las calles describían una aceptación popular que no existía. La monumentalidad y la multitud eran el envoltorio de un vacío. Lo que parecía tener todo el peso de la historia, era en realidad una levedad insoportable.
Ese engañoso envoltorio caracteriza también al discurso ultraconservador y a los “relatos” que construyen el izquierdismo autoritario y los populismos que lo secundan. Mentiras grandilocuentes que quedan al descubierto cuando regímenes como los de Cuba, Venezuela y Nicaragua cierran filas con un líder ultraconservador que, como Vladimir Putin, impulsa leyes retardatarias que clausuran la diversidad sexual y practica el expansionismo territorial causando guerras catastróficas.
Como las religiones, el ultra-conservadurismos y las izquierdas dogmáticas abrazan las convicciones absolutas que postulan como verdades únicas. En las antípodas, Kundera negaba las verdades únicas. “La gran tesis de Kundera es que la verdad que no reconoce una verdad opuesta, es un kitsch” explicó el filósofo checo Vaclav Belohradsky.
No fue la única palabra reveladora que puso en valor Milán Kundera. Desde su exilio en París siguió escribiendo novelas que desnudaban la naturaleza oscura del totalitarismo, como el “Libro de la risa y el olvido”. En sus páginas, recurre a una palabra de la lengua checa que no tiene traducción exacta, pero el autor describe como la sensación atroz que provoca “la visión repentina de la propia miseria”.
“Litost” es la palabra que usó Kundera para explicar el tormento que causa el totalitarismo.