La larga sombra de Munich

LUCIANO ÁLVAREZ

En la noche del 30 de septiembre de 1938 los representantes del Reino Unido, Alemania, Francia e Italia firmaron los acuerdos de Munich que habilitaban al gobierno nazi a ocupar los Sudetes, una región Checoslovaca habitada por una importante población de lengua alemana. El gobierno checo no había sido invitado a la mesa. Desde entonces ese pacto aciago se considera como el paradigma de las políticas del apaciguamiento, un modo de resolver conflictos en el que una de las partes -el Estado "apaciguante- sacrifica principios propios ante las agresiones de la otra, cediendo y concediendo, una y otra vez. El espectro de Munich se hace presente con frecuencia en las relaciones internacionales. Así sucede hoy con las conductas del gobierno uruguayo respecto al Brasil y la Argentina. Washington Beltrán Storace lo explicó con brillo en una columna publicada aquí mismo, el sábado pasado.

Neville Chamberlain, cuyo nombre ha quedado asociado a este pacto nefasto, no inventó la política de apaciguamiento, simplemente la llevó hasta el final en una suicida carrera de postas. Cuando Chamberlain se hizo cargo del gobierno, en mayo de 1937, Gran Bretaña y Francia habían cedido ya ante una serie de hechos consumados de Alemania e Italia: Invasión italiana de Etiopía, en 1935, remilitarización alemana de Renania y la intervención de ambos en la guerra civil española, en 1936.

Chamberlain, de sesenta y nueve años, líder del partido Conservador, era culto, muy inteligente y trabajador; tampoco le faltaba carácter. Según Robert A.C. Parker, fue un jefe de gobierno que "dominó el gabinete británico en los treinta debido a su fuerte convicción y resolución".

Al igual que la inmensa mayoría de sus compatriotas y de los europeos en general, incluidos alemanes e italianos, tenía horror de vivir una nueva guerra que "no gana nada, no cura nada, no concluye nada", decía. Particularmente en Gran Bretaña el movimiento pacifista era muy intenso: existían organizaciones como la Peace Pledge Union que tenía 130.000 afiliados y publicaba su propio periódico, pero había más de cincuenta movimientos de este tipo. Los más prestigiosos intelectuales también se manifestaban activamente contra cualquier perspectiva de guerra. Neville Chamberlain se consideraba un "realista", para nada un pacifista ni un idealista. Pero, como tantos hombres, la medida de ese realismo radicaba en su propio criterio. Además, tenía un gusto por la adulación que superaba la media.

Entre el 15 y el 29 de septiembre de 1938 viajó tres veces a Alemania decidido a lograr la paz a cualquier precio, convencido de haber logrado una relación especial de confianza y entendimiento con Hitler. A pesar de lo tenso de los sucesivos encuentros creyó que era un hombre con el que se podía llegar a acuerdos y sus objetivos eran "estrictamente limitados". A una de sus hermanas le confesó: "Pese a la dureza y a la crueldad que me pareció ver en su rostro, tuve a impresión de estar ante un hombre en el que se puede confiar una vez que ha dado su palabra".

Hitler jugó hábilmente. Tres días antes del pacto de Munich, ante una multitud que abarrotaba el Palacio de los Deportes de Berlín se refirió al tema de los Sudetes entre promesas y amenazas: "Le he asegurado [a Chamberlain] que una vez que este asunto se haya resuelto no habrá más problemas territoriales en Europa... […] O bien acepta este ofrecimiento y da finalmente la libertad a los alemanes, o bien nosotros iremos a buscar esa libertad. Que el mundo se dé por enterado".

Al día siguiente -27 de septiembre- Chamberlain declaraba a través de la radio británica: "Es una pesadilla para mí pensar en un conflicto armado entre las naciones; pero si creyese que una nación está resuelta a dominar el mundo por el terror y la fuerza, opino que habría que resistir. Bajo tal dominio, la existencia no merecería la pena vivirla para gentes que creen en la libertad". En cambio creía que desproteger a Checoslovaquia -"un país lejano del que no sabemos mucho"- apaciguaría a Hitler, sin ulteriores consecuencias

Aquel mismo día, el Führer presidió un enorme despliegue militar en Berlín. El periodista estadounidense William Shirer describió la respuesta de los berlineses, metiéndose en sus casas, negándose a mirar e ignorando la exhibición militar como "la manifestación contra la guerra más impresionante que he visto nunca". El hecho tampoco pasó desapercibido para Hitler. Algunas semanas después le dijo a un reducido grupo de periodistas que era necesario cambiar la psicología de los alemanes y hacerles entender que ciertas metas solo se lograban mediante la guerra, que era necesario que la "propia voz interior del pueblo comience lentamente a clamar por el uso de la fuerza".

El 29 de septiembre se firmaron los acuerdos y esa misma noche Chamberlain visitó a Hitler por última vez para proponerle una declaración conjunta en la que Alemania y Gran Bretaña expresaban su decisión de no volver a declararse jamás una guerra. Tras dudar unos instantes Hitler firmó. A su regreso, El primer ministro británico contó -equivocadamente- que Hitler se había "apresurado a aceptar la idea con entusiasmo". No hay duda histórica de que los acuerdos de Munich fueron un triunfo para Hitler y lo dejaron en mejores condiciones para iniciar su inexorable guerra. Pero en su demencia de gangster estaba lejos de verlo en esos términos: "Ese tal Chamberlain ha arruinado mi entrada a Praga" se quejó.

En Londres, Chamberlain agitaba sobre su cabeza aquel papel que representaba la "carta constitucional del apaciguamiento" y garantizaba "la paz para nuestro tiempo", ante multitudes exultantes y un Parlamento eufórico. En medio de este bullicio, desde su banca se alzó la voz de Winston Churchill: "El dictador ha reclamado primero una libra esterlina `con la pistola en la mano`. Cuando se le había dado, reclamó dos libras esterlinas `con la pistola en la mano`. Finalmente, ha querido contentarse con tomar una libra, 17 chelines y 6 peniques con promesas de buena voluntad para el porvenir". Cinco meses y dos semanas más tarde Hitler ocupaba Checoslovaquia, rompiendo los acuerdos, y no habían pasado once meses del acuerdo de Munich cuando invadió Polonia y comenzaba la Segunda Guerra Mundial.

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