Cuando asumió Luis Lacalle Pou, su padre, el ex presidente Lacalle Herrera, dijo que no haría muchas apariciones públicas porque “ahora es la hora de Luis”. Y en parte tenía razón. Pero en parte no.
Con el diario del lunes, intuyo que aquella fue la hora de Luis para mostrar de qué madera estaba hecho. Si bien hoy su imagen es la que dejó al terminar el período, Lacalle Pou llegó al gobierno siendo más el Pompita que recibió la banda de manos de Tabaré Vázquez que el líder sólido y que se la entregó a su sucesor, Yamandú Orsi. El mismo Orsi al que, con una insidia como la de Vázquez, el senador Sebastián Da Silva apodó Tribilín.
En este país avejentado, que asumiera la Presidencia un tipo joven y dinámico, dueño de una Harley, una nutrida colección de musculosas y tablas de surf siempre pegajosas de salitre fue, cuanto menos, una novedad. Todo eso molestó a unos cuantos.
Sin embargo, Lacalle Pou demostró tener más mostrador que muchos murguistas y muy claro el concepto de la libertad. No se abrazó a tiranos infames ni fue sumiso ante ellos. Basta recordar cuando le hizo saber al dictadorzuelo cubano Díaz-Canel que Uruguay es un país libre, donde el presidente puede ser criticado sin que por eso te metan preso. Se bancó los insultos de una barra de atorrantes en la puerta de la Universidad y no subió el nombre de ninguno de ellos a la web de Presidencia ni los expuso como deudores del Estado. Surfeó la pandemia y no se dejó apurar por el carancherío que pedía encerrar a la población. “No se puede meter preso al que trata de ganarse el peso”, dijo.
Por eso, quien esto escribe considera que su presidencia fue apenas una etapa de afinación para lo que viene. Porque su hora es ahora.
El Uruguay de hoy es un escenario de cartulina. Con un presidente al que sus opositores más fieros le han bajado el tono a la crítica por considerarla antideportiva y prefieren disparar a las figuras que encarnan el poder detrás del poder. Los que le escriben los discursos y lo rezongan si dice algo que no le dijeron que diga.
Y uno, desde el llano, se rasca la cabeza, mientras mira a un ministro fruncir los labios al recibir preguntas sobre los regímenes cubano y venezolano. Y cuando al fin el ministro abre la boca, es para lanzar veneno vencido sobre un ataque a la soberanía de un país cuya soberanía fue rapiñada por una pandilla con el verso del socialismo.
Intenta huir de todo eso, pero al dar el primer paso se choca con el presidente del partido de gobierno haciendo palmas en una marcha, al ritmo de una canción antiimperialista entonada por una banda de veteranos trasnochados. El mismo dirigente que, poco después, se va en clase ejecutiva a tomar sol a una playa del nordeste brasileño.
Y de repente llega la voz de otro ministro hablando de “personas menstruantes” y ya no sabe para dónde rajar. Entonces, ara despejar la cabeza, va y se pega un chapuzón en una playa de la Montevideo y una miríada de coliformes fecales le entra -como decía Caetano- por los siete buracos de su cabeza. Sale asqueado y la sensación se acentúa al mirar el celular, donde aparece el intendente disfrutando un cafecito de autor en Punta, allí donde el agua es clara y limpita
Y es ahí cuando uno concluye que Lacalle Herrera la pifió. No era aquella la hora de su hijo.
La hora de Luis es hoy.