Un viejo dicho sentencia que no hay buena guerra ni mala paz. Aunque más no sea por este melancólico consuelo, debemos celebrar que se anuncie la paz luego de cuatro meses de combate, en que el Presidente Trump no ha parado de hablar diariamente en un tono de triunfalismo infantil. Fuera de esa circunstancia, por ahora poco más hay para saludar, salvo la liberación del estrecho de Ormuz, que simplemente vuelve a su situación anterior (aunque con un Irán reivindicando el derecho a cobrar peaje).
“El Presidente Trump perdió esta guerra”, tituló el Comité Editorial del New York Times el martes pasado su edición. Lo triste es que la perdieron los EE. UU., la mayor potencia occidental, el líder de nuestra civilización y su insustituible garante. Aunque hoy Trump domine el escenario, no deja de ser un episodio. Se habla de él como si fuera para siempre y todo indica lo contrario. Por eso, lo que importa es que la enorme fuerza militar estadounidense no pudo derrotar a un régimen tiránico de mediana dimensión; que los países de la OTAN quedaron divididos; que se incumplieron todas las normas del derecho internacional; y que la vulnerabilidad del comercio mundial ha quedado al desnudo cuando se cerró el Golfo Pérsico.
Naturalmente, esta sensación de derrota se da particularmente porque el Presidente fijó objetivos militares incumplibles (rendición incondicional sin invasión territorial) o de difícil ejecución (extraer el material radiactivo de Irán), mientras se peleaba con todo aquel que cuestionara su victoria, como ocurrió hasta con un Papa hasta entonces muy discreto, a quien, al atacarlo, instaló en el debate.
En el profundo Sur miramos de lejos esta situación. La vemos como las seriales de televisión sobre la Segunda Guerra Mundial. Cuando sube el petróleo recién advertimos que también somos parte, pero nuestro compromiso es mucho más amplio: estamos en un cambio de civilización, la riqueza es digital, el comercio internacional ha perdido sus reglas y requiere un nuevo ordenamiento, mientras el cambio geopolítico nos habla de un Oriente (no solo China) en ascenso, una Europa en declinación y de que potencias intermedias como Rusia e Irán exhiben una inexplicable capacidad de desestabilizar el mundo.
El viejo orden mundial, construido sabiamente luego de 1945, se ha despedazado imprevistamente y no están a la vista los caminos para reconstruirlo, reformarlo o sustituirlo. Para empezar, no vemos lo elemental: un serio diálogo entre China y los EE. UU. El que en su tiempo abrieron Nixon, Bush padre y Kissinger. No debería ser tan complejo cuando no hay una confrontación ideológica como sí la hubo con la Unión Soviética. China ejerce una enorme influencia en el comercio, pero no está en la actitud de imponer su ideología ni su cultura. Imaginábamos que un Trump comerciante sería el mejor jugador para ese escenario.
Desgraciadamente, arrancó con su guerra de aranceles (hoy fuera de los titulares), desconoció todos los tratados, derrumbó la organización multilateral y, si bien la inercia del comercio no se detiene, lo hace en una situación de precariedad que reclama orden.
El bilateralismo hoy se toma su revancha luego de años en que el multilateralismo organizó reglas para todos y la economía mundial creció como nunca. La única novedad positiva ha sido, tras treinta años, el acuerdo entre la Comunidad Europea y el Mercosur. Sin embargo, en nuestra región son evidentes las diferencias entre el Brasil de Lula y la Argentina de Milei: el primero articulando un espacio de gobiernos de izquierda en retroceso; el segundo apostando a un alineamiento incondicional con los EE. UU. Sigue faltando la madurez necesaria para construir una visión más armónica, eficaz y amplia.
Felizmente, Israel ha mostrado que podía, con sus defensas, anular el potencial de misiles y drones de Irán. Los países árabes, en general, han quedado enfrentados con Irán y cercanos a Israel. Ya no cabe hablar de conflicto “árabe-israelí”. La esperanza es que esta paz en ciernes alcance a los reales desestabilizadores, los terroristas de Hamas y Hezbolá, hasta hoy financiados por un Irán muy golpeado económicamente. Aunque el régimen haya logrado permanecer, es un hecho que ha pagado un enorme precio en su infraestructura y que, pasada esta inevitable ola de patriotismo, reaparecerá el disgusto de una población agobiada por la escasez y la represión. Confiemos en ello, ya que el acuerdo firmado nada claro deja al respecto.
Nuestro país, más que nunca, debe tener todos sus radares encendidos. Hasta ahora, hemos gambeteado cualquier inclinación parcializada. Cuando las reuniones con Lula nos ponían en luz amarilla, la visita del Presidente Orsi al portaviones recompuso la imagen. Tenemos por delante el CPTPP, que nos ofrecería un amplio mercado, encabezado por Japón y el Reino Unido, pero que nos impone medidas complejas en compras oficiales.
Más allá de toda mirada geopolítica, el país sufre, en cualquier caso, un serio problema de competitividad. En pequeño, parecido al de Europa: nuestro Estado está en el límite y no tiene cómo ir mucho más allá de mantener el sistema de seguridad social que, por suerte, hemos construido.
Las fantasías, como bajar la edad jubilatoria o crear organismos a diestra y siniestra, nos alejan del objetivo. La ley que promueve el Ministro Oddone va en la buena dirección, pero no olvidemos los gravámenes que pesan sobre el trabajo. Lito Alfie señaló días pasados que cualquier trabajador, a partir de 30 mil pesos de ingresos, ya paga Impuesto a la Renta y que, a partir de 54 mil pesos, de todo lo que gane de más, la mitad va para el Estado. ¿No estamos enterados de que, pese a esta carga, al Estado le faltan del orden de 3.500 a 4.000 millones de dólares?
El desafío es gigantesco a todas las puntas: ampliar el comercio, mejorar la educación, preservar el nivel de seguridad social, valorizar la oferta exportable, eliminar trabas burocráticas, eso tan horriblemente neoliberal como evaluar rendimientos, cuidar el empleo...
Los problemas empiezan en la guerra, pero terminan en nuestras casas.