Hace unas semanas el mundo fue testigo del estallido de una guerra mayormente aeronaval de gran envergadura, impulsada por Israel y Estados Unidos contra Irán. Resultado de una compleja trama de tensiones históricas, petróleo, políticas internas y negociaciones fallidas.
Los detonantes fueron varios, pero lo subyacente es el convencimiento de buena parte de los israelíes, de que Irán no acepta su existencia ni Irán aclara que los aceptaría, bajo ciertas condiciones. Por ejemplo, que se comprometa a la creación de un estado palestino y a terminar con su expansión territorial. Por otro lado, la intransigencia iraní respecto a su derecho al enriquecimiento de uranio y la percepción de que no se llegaría a un acuerdo diplomático satisfactorio para Israel y los EE. UU.
También existía la gran inquietud generada por el creciente stock iraní de misiles y drones, por su calidad, precisión y alcance. Además de que destruirlos más adelante iba a ser muy costoso. Hay dudas acerca de cómo implementar el cese del apoyo iraní a HAMAS, HIZBULA y variantes, el PIJ, y las brigadas AAB, los hutíes en Yemen, etc. También han influido las presiones políticas internas dentro del tejido político estadounidense.
Este conflicto, uno de los más temidos de los últimos años, sumergió a la región y al mundo en un escenario de riesgo. Para comprender el origen de este enfrentamiento, es esencial repasar la situación política de los principales actores involucrados.
En Israel, el gobierno de Netanyahu atravesaba una de las etapas más críticas de su mandato. Una sociedad dividida, manifestaciones masivas en las calles, cuestionamientos a su autoridad y una sensación de inseguridad creciente marcaban el clima nacional. El conflicto en Gaza, aunque concluido con una victoria militar y un cese de fuego, dejó como saldo una crisis humanitaria profunda; destrucción, miles de muertos y heridos, hambruna y más de dos millones de desplazados, ahora sin techo ni futuro.
La propuesta internacional de crear un Estado palestino, apoyada incluso por cuatro de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, fue prácticamente enterrada. En Cisjordania, la violencia de los colonos judíos contra palestinos se intensificó con la quema de sus cosechas, de vehículos y la destrucción de sus elementos de labranza. La matanza de sus animales y el desalojo de sus viviendas, generó un ambiente de desesperanza entre millones de árabes , junto a una postura cada vez más rígida del gobierno israelí. Centrada en asegurarse el respaldo de Estados Unidos y la legitimidad internacional de sus acciones, tarea cada vez más compleja y propicia a brotes de manifestaciones antijudías en Europa y EE. UU.
Mientras tanto, en Irán el régimen enfrentaba el peso de sanciones internacionales, una economía asfixiada y crecientes protestas sociales, principalmente de la clase media urbana, joven y educada, que demandaba reformas y mayores libertades. Estas manifestaciones fueron brutalmente reprimidas por el gobierno y la Guardia Revolucionaria, con miles de muertos, heridos y encarcelados. Aunque el régimen parecía debilitado y asediado, contaba aún con el apoyo de sectores rurales y de clases bajas, ya fuera por convicción o temor.
En el escenario estadounidense, el presidente Trump afronta una sociedad polarizada y la incertidumbre electoral. Es sabido que el lobby proisraelí condiciona a la política exterior en Medio Oriente. La reciente intervención en Venezuela que resultó en un cambio de gobierno por la fuerza, sirvió de referencia para la acción respecto a Irán, alentando una postura más drástica y confrontativa para fortalecer la base electoral y el liderazgo regional estadounidense. La posibilidad de que Trump perdiera la mayoría en el Congreso aumentó la presión sobre su gobierno que necesitaba el apoyo incondicional de sus aliados y de los sectores tradicionales, para evitar un final de mandato problemático.
El clima de tensión fue en aumento a medida que la certeza de un ataque israelí a Irán se hacía inevitable. Según Marco Rubio, Estados Unidos decidió acompañar preventivamente a su aliado, ante la evidencia de que cualquier ataque israelí implicaría una respuesta iraní contra objetivos estadounidenses. La administración norteamericana no podía quedar expuesta, según el Secretario de Estado, a cuestionamientos por no haber tomado medidas para proteger sus intereses y minimizar bajas. Ello precipitó la intervención directa y el estallido de una guerra regional de consecuencias imprevisibles.
La conflagración involucró a numerosos países, involuntariamente: Arabia Saudita, Bahréin, Iraq, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes, Omán, Chipre, Líbano, Jordania, junto con otros afectados por el bloqueo del Estrecho de Ormuz, con el impacto económico consecuente. El conflicto ha adquirido una dimensión global, que afecta a millones de personas y extiende la inestabilidad más allá de Medio Oriente. Además, debemos tener en cuenta dos guerras aledañas; Pakistán y Afganistán y Rusia contra Ucrania.
El saldo del conflicto que nos atañe, aparte del enorme daño ya causado a la infraestructura energética mundial, dependerá de su duración. Pero traerá una crisis económica, con inflación mundial, alza de tasas de interés, recesión, escasez de fertilizantes para la agricultura y aumento del precio de los combustibles, sólo para empezar. La guerra, lejos de resolverse rápidamente, sumirá al mundo en una espiral de violencia, incertidumbre y sufrimiento, cuyas consecuencias apenas comienzan a vislumbrarse.
Mencionemos solo a los estados del golfo Pérsico, hasta ahora pujantes productores de petróleo y LNG, ahora víctimas colaterales. Gente especializada en servicios financieros, turismo y de AI, huyen de allí, ante la peligrosa situación. Enormes plantas desalinizadoras, grandes hoteles, al igual que las refinerías y la infraestructura portuaria, son fáciles blancos para Irán.
En síntesis, el conflicto entre Irán, Israel y EEUU es el resultado de procesos internos convulsos, intereses creados, ambiciones desmedidas, rivalidad religiosa, decisiones político - militares arriesgadas y la incapacidad de la diplomacia, últimamente ninguneada, para encauzar una solución pacífica. La historia continuará desarrollándose mientras observamos con preocupación el futuro devenir.
Sin visión, realismo, inteligencia y capacidad de ceder en temas costosos, se hace difícil vislumbrar la paz.