Nos hemos acostumbrado a comprobar que muy pocos logros se consiguen en las cumbres de Naciones Unidas para alcanzar soluciones eficaces a la crisis climática.
La principal razón sigue siendo que priman los enormes intereses económicos en juego -tanto nacionales públicos, privados y corporativos-, a la hora de acordar y poner en marcha las soluciones reales a los problemas.
Abundan los diagnósticos; son bien conocidos. Los pronósticos son muy preocupantes. De las alertas -y súplica- del mundo académico, de que la temperatura global del planeta (atmósfera) no debe aumentar por encima de 1.5ºC para 2100, pasamos a estar en que al ritmo actual de contaminación atmosférica trepará de 2.5 a 2.9ºC para fin de siglo.
Son muy malas noticias que debieron marcar profundamente el ritmo de las negociaciones de la COP 28 de Dubái. Entre otras razones porque hace tiempo que se debió acordar un abandono progresivo del uso del carbón, del petróleo y del gas, por lo menos mientras se continúe utilizando las actuales tecnologías de explotación, transporte, y consumo de los hidrocarburos, con los actuales resultados.
Estamos tan lejos de demostrar una sensata preocupación que los países continúan buscando afanosamente nuevas fuentes de combustibles fósiles.
Mientras tanto los pueblos -cada uno a su manera y posibilidades-, buscan formas de implementar sus estrategias de adaptación al cambio climático. La realidad mundial es injusta. Porque, como reclamó en la cumbre nuestro ministro de Ambiente en nombre de Uruguay, si bien todos los países comparten la responsabilidad de ser contaminadores de la atmósfera con gases de efecto invernadero, esta es claramente diferenciada.
Solo unas pocas naciones son las responsables de la generación del 70% del problema. Hasta tanto no se actúe en consecuencia será imposible avanzar significativamente en el cumplimiento de la Convención de Cambio Climático y el Acuerdo de París. Las naciones desarrolladas deben implementar las metas financieras con celeridad y justicia; de lo contrario queda claro que nuestros países no podrán avanzar de manera significativa con sus políticas y planes nacionales de adaptación y mitigación del cambio climático.
Para evitar caer en la pegajosa telaraña que imponen estas negociaciones tan complejas -procurando a toda costa mantener el statu quo-, nunca debemos perder de vista cuál es el problema de fondo: si fracasamos en alcanzar la meta del 1.5ºC para fin de siglo, todos perderemos -aunque unos bastante más que otros-. Y el paso crucial para encaminarnos en ese sendero virtuoso es llegar a un acuerdo mundial sobre la eliminación progresiva de los combustibles fósiles.
No hay otra posibilidad real, aunque los costes y sacrificios puedan ser muy grandes para muchos pueblos.
Cada vez queda menos tiempo para demostrar que estamos listos para actuar con gran ambición y flexibilidad en el complejo mundo de la multilateralidad -que es nuestra mayor esperanza para afrontar los retos mundiales-, respetando por sobre todas las cosas a la ciencia y velando por el sagrado derecho de las generaciones que vendrán a recibir un hogar planetario mejor del que hemos heredado.