El 2025 fue cualquier cosa menos monótono. Guerras abiertas, tensiones comerciales y un orden internacional -si es que aún existe- cada vez más deshilachado dejaron en claro que la estabilidad se ha transformado en un bien escaso.
Y el 2026 no parece llegar para poner paños fríos, sino más bien para profundizar las tensiones. Todo indica que será un año complejo, de geopolítica sin anestesia, donde la improvisación amenaza con convertirse en la regla.
El mundo entrará en un 2026 con demasiados frentes abiertos. Ucrania (y en realidad toda Europa) sigue atrapada en una guerra larga y costosa; Medio Oriente continúa siendo un polvorín sin un desenlace claro; y la competencia entre Estados Unidos y China ya no se limita al comercio o la tecnología, sino que también se proyecta al espacio.
Misiones como Artemis II nos vuelven a recordar que la carrera será nuevamente en el espacio, teniendo ahora a China como uno de los protagonistas. El planeta tierra vuelve a quedar chico para tanta tensión.
A esto se suma un dato clave: las grandes potencias llegan al 2026 con problemas puertas adentro. China enfrenta un crecimiento más lento, posibles tensiones sociales y un modelo económico bajo presión.
Estados Unidos navega una polarización política cada vez más profunda, con una política exterior crecientemente condicionada por la coyuntura interna, algo que se verá potenciado en un año marcado por las elecciones de medio término en ese país que pondrán a prueba al gobierno de Donald Trump.
Europa, por su parte, sigue intentando ganar autonomía estratégica mientras discute cómo financiarla, atrapada entre una tensión sin fin con Rusia, un Washington que le da la espalda y una China que le plantea desafíos estratégicos cada vez más complejos.
El laberinto europeo no es un dato menor: de su desenlace dependerá, en buena medida, cuánto oxígeno le queda a Occidente.
Además de las elecciones de medio término en Estados Unidos, habrá que prestar especial atención a Brasil.
En octubre, la elección presidencial volverá a definir el rumbo del principal actor sudamericano, con impacto directo sobre la región, el Mercosur y su inserción internacional.
América Latina, lejos de estar al margen, vuelve a quedar atrapada en estas dinámicas electorales, en un año que también tendrá elecciones en Colombia, Costa Rica y Perú.
En paralelo, 2026 será el año de la elección de un nuevo secretario general de las Naciones Unidas. No se trata de un simple trámite burocrático. El sistema multilateral atraviesa una de sus peores crisis históricas: un Consejo de Seguridad completamente paralizado, conflictos sin resolución y una organización crecientemente cuestionada por muchos lados, obligan a pensar en liderazgo político real, no solo en gestión administrativa.
En ese marco, América Latina juega fuerte para que ese liderazgo sea regional, y no sería extraño que una voz latinoamericana termine encabezando el organismo.
En nuestra región, Venezuela seguirá siendo un punto crítico. El desenlace es incierto, pero resulta difícil imaginar que todo este masivo movimiento militar de Estados Unidos termine en la nada.
El régimen aparece cada vez más aislado. Ninguna potencia con capacidad real ha dado señales claras de respaldo más allá de declaraciones informales.
Además, quien considere asilar a Nicolás Maduro no solo estaría acogiendo a un exdictador, sino al jefe de un verdadero narco-Estado con pruebas que podrían generar dolores de cabeza judiciales al país que se anime a recibirlo.
Eso explica por qué incluso antiguos socios hoy miran para otro lado y por qué la resolución del conflicto podría seguir dilatándose.
Todo esto ocurre en un contexto global donde la geopolítica se vuelve crecientemente transaccional.
La paz se negocia como un activo económico, los conflictos se “administran” más de lo que se resuelven y las reglas ceden frente a acuerdos de corto plazo.
¿Y Uruguay? La inserción internacional se transforma en este nuevo contexto en una urgencia estratégica para el país.
Concretar el ingreso de Uruguay al Transpacífico en el 2026, firmar el acuerdo Mercosur-Unión Europea y evaluar tocar la puerta a Estados Unidos para un acercamiento comercial lo han hecho Argentina y Brasil, ya no es una opción ideológica, es una cuestión de supervivencia en un mundo de bloques y alianzas.
Y como si todo esto fuera poco, hasta el fútbol, en un año de Mundial, podrá jugar un rol geopolítico.
Con una FIFA cada vez más politizada, el torneo que se disputará en Estados Unidos, México y Canadá seguramente dará que hablar más allá de la pelota.
Ojalá sea por una buena razón y que volvamos a ser campeones, como la primera vez.