Las primeras dos décadas del siglo XXI no han sido fáciles.
Tras el derrumbe de las torres y el surgimiento de un terrorismo fundamentalista sin límites, vino la durísima crisis económica que pegó primero en Argentina y luego en Uruguay, Chávez se fue consolidando como dictador (sucedido luego por Nicolás Maduro), una crisis económica golpeó a Estados Unidos y a Europa, emergieron en Europa, en América Latina y también en Estados Unidos, gobiernos convalidados por las urnas que luego se fueron volviendo autoritarios, populistas y nacionalistas. Y ahora, el intento ruso de conquistar Ucrania y anexarlo a su territorio mediante una despiadada guerra.
En todo ese proceso, lo que se debilitó fue la democracia: el Estado de Derecho tal como se lo conoce tradicionalmente, con instituciones republicanas y liberales cuyo eje es garantizar las libertades y derechos inherentes a cada persona.
En este mundo donde siguen fortaleciéndose regímenes populistas y autoritarios, Uruguay luce como una democracia sólida, que respeta la separación de poderes y donde hay libertad de expresión, pese a lo que algunos organismos dicen.
No es una democracia perfecta, pero ninguna lo es. Sin embargo es mejor que otras que se jactan de ser un modelo.
El reconocimiento que el mundo le da a Uruguay por esa situación, debe ser tomado con prudencia. No hay nada peor que la autocomplacencia y Uruguay tiene una notoria tendencia a caer en ella. Por la democracia hay que luchar todos los días. No funciona con piloto automático; se la cuida y alimenta.
Basta ver lo que sucede en un país como Estados Unidos, de larguísima tradición y estabilidad institucional, pero que sin embargo estuvo a un tris de caer en la tentación populista en manos de un Donald Trump que desprecia las instituciones, los tribunales, la libertad de prensa y los resultados electorales y no teme enviar sus hordas a tomar el Congreso por asalto. Esto en una nación que define su identidad nacional a partir de su bicentenaria historia de construcción democrática.
De mal talante y peores modales, Trump dejó la presidencia pero su posible retorno aún acecha en andas de un partido que avala su conducta.
En el resto de la región, las cosas siguen complicadas. Cuba, Ortega en Nicaragua y Maduro en Venezuela afianzan aún más sus regímenes, aplicando represión, violando derechos humanos y llenando las cárceles con presos políticos.
Lo de Perú sigue sin entenderse. En Argentina, a un gobierno dividido solo lo une una única obsesión: doblegar y someter al Poder Judicial para zafar así de todas las causas de corrupción contra sus miembros. Si lo logran, lo que aún queda de la democracia argentina, cae.
Erdogan en Turquía, Orban en Hungría y el gobierno de Polonia, también apuestan al autoritarismo populista al punto que están complicando la estrategia europea hacia la Rusia invasora. Ellos simpatizan con Putin, también lo hace Trump.
Es que la agresión de Vladimir Putin termina siendo un conflicto bélico que enfrenta al nacionalismo ultraderechista ruso contra las democracias libres. Ya no es socialismo contra capitalismo. Ahora todos son capitalistas, aunque en versiones diferentes. Pero como viene ocurriendo desde los años 30 del siglo pasado, siguen surgiendo alternativas de corte totalitario que quieren liquidar la democracia.
La guerra dividió la opinión mundial. A un lado están los que piensan que Rusia se vio amenazada por una posible extensión de la OTAN y por lo tanto combate por su propia seguridad. Fundada después de la Segunda Guerra como una alianza militar defensiva ante un eventual ataque soviético, en 70 años de existencia la OTAN nunca invadió Rusia. Y si Ucrania quiso acercarse a la OTAN no fue para agredir a su poderoso vecino sino para prevenirse de el. Dado lo que se está viviendo, tenía razón. El problema no era que Rusia se sentía amenazada, era que Ucrania lo estaba.
Podrá parecer raro que también los viejos comunistas de siempre se sientan cercanos a un Putin que es nacionalista, de extrema derecha, con ideas fascistas e imperialista. Es que sí tienen en común su desprecio a la democracia y la libertad. Es eso lo que al final los une.
Este germen antidemocrático que viene creciendo desde comienzos del siglo, encuentra un gran respaldo con la invasión rusa y la amenaza latente de una guerra extendida, que es de desear que nunca ocurra.
Hoy las convicciones democráticas clásicas necesitan ser revaloradas: la libertad y los derechos individuales básicos, el concepto de que rige la ley y no el caudillo mesiánico de turno, que hay pesos y contrapesos que limitan el poder de los gobiernos elegidos, que la Justicia es independiente y es quien garantiza nuestros derechos individuales. Son conceptos que se remontan al siglo XVIII, pero hoy vuelven a ser ideas de vanguardia.
Países como Uruguay, con su larga tradición libertaria y democrática, necesitan recordar que esa tradición se defiende y define todos los días, porque su permanencia no está asegurada sino es con firme convicción.