Apareció hace unos días, una mañana, de la nada. En una plaza de Londres, rodeada por monumentos de personajes históricos. Sin anuncio, sin ceremonia. Se trata de una escultura de un hombre de traje, avanzando con determinación, llevando una bandera en un mástil. La figura parece segura, incluso heroica. Pero lo impresionante es que la bandera le cubre completamente la cara. Y como no ve, está a punto de caer del pedestal.
En las últimas horas el artista conocido como Banksy confirmó su autoría. Desde hace más de dos décadas él ha hecho de la irrupción inesperada su modus operandi: obras que aparecen sin aviso en muros, puentes o espacios cargados de historia. Su anonimato -nunca confirmado del todo a pesar de los intentos por identificarlo- es también parte de la obra.
Pero esta vez no es un mural como de costumbre, sino una escultura, una que introduce un quiebre entre los héroes históricos que lo rodean. Donde antes había conmemoración y certeza, ahora hay duda.
La bandera, que habitualmente simboliza pertenencia, orgullo y cohesión, se convierte en obstáculo. No guía, tapa. No orienta, ciega.
En clave local, es inevitable asociarlo con una Inglaterra post-Brexit que sigue redefiniendo su identidad, atravesada por tensiones sobre nacionalismos. Pero ese hombre podría estar en cualquier país. La bandera podría ser cualquier bandera.
Porque si nos atrevemos a incomodarnos un poco, podemos ver que es alguien que parece cumplir orgullosamente su rol, avanzando con decisión, sosteniendo un símbolo legítimo. Pero uno que le impide ver. Resulta inevitable asociarlo con Hannah Arendt y la “banalidad del mal”, que decía que los mayores errores no siempre son con mala intención, sino por la ausencia de pensamiento. De la incapacidad o la renuncia a detenerse y preguntarse por lo que uno está haciendo, qué órdenes está siguiendo o qué lemas está defendiendo. Porque cuando los símbolos reemplazan la reflexión, cuando la pertenencia sustituye al juicio, la acción puede volverse automática, y es ahí cuando dejamos de cuestionarnos.
Por eso, podemos ver esta obra no solamente como una crítica al poder. Es también, si la miramos con honestidad, una invitación a pensar sobre las decisiones que tomamos sin cuestionarnos demasiado. Esas que resolvemos guiados por “es lo que corresponde”, o porque “así somos”, o en honor a una identidad que nos ciega. En las ideas que defendemos sin preguntarnos demasiado de dónde vienen o por qué las estamos siguiendo. En particular porque en tiempos en los que las certezas tienden a endurecerse, a veces cuestionar se percibe como debilidad y dudar como falta de convicción. Todos, en algún punto, caminamos con alguna bandera. Una identidad, una convicción, una narrativa sobre quiénes somos, los lugares a los que pertenecemos o hacia dónde vamos. Y eso no es un problema en sí mismo. Lo es cuando esa bandera deja de orientarnos y empieza a reemplazar nuestra mirada.
La escultura no propone una solución. No hay moraleja explícita ni alternativa clara. Pero es una imagen difícil de ignorar. Por eso quizás la pregunta no sea qué quiso decir el artista, sino qué hacemos nosotros con lo que vemos.