Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

La revolución forestal

En un país que durante muchos años adolecía de ausencia de cambios estructurales, dos leyes, el programa forestal de 1985, consagrado en la ley de 1987 y la de zonas francas del mismo año, reestructuraron las bases productivas del Uruguay, enriquecieron al conjunto de la economía nacional y dieron trabajo a miles de personas.

Una visión modernizadora, de largo plazo, del gobierno que tuvimos el honor de presidir en aquellos años de la transición, permitió una transformación tan sustancial que los propios gobiernos del Frente Amplio tuvieron que aceptar lo que antes discutían. Así, cinco gobiernos, de tres partidos, produjeron un salto cualitativo en nuestro mundo productivo.

En lo que refiere a la forestación, estamos ante un cambio tan histórico como que un sector que hace 30 años no figuraba en la exportación ha producido una verdadera revolución. Carlos Maggi escribió más de una vez que desde Hernandarias no se había producido algo tan revolucionario. Hoy basta recorrer el país para observar cómo aquella campaña nuestra, con sus pequeñas islas de eucaliptus, se ha transformado en todo un bosque magnífico, mientras las carreteras se llenan de transportes de madera que van y que vienen, como expresión visible del trabajo que hay detrás en los viveros, en la genética, en los trabajos de alta calificación que la industria ha traído al país.

El hecho es que el año pasado se exportó celulosa por 1.500 millones de dólares, fue el segundo rubro de exportación del país y seguramente pasará a ser el primero una vez que UPM opere. En el sector forestal, hay 18 mil empleos directos que han formalizado trabajo rural y significan 440 millones de dólares en remuneraciones, así como 340 en impuestos y contribuciones a la seguridad social. Sin hablar del efecto de arrastre, especialmente en los departamentos donde están las plantaciones y fábricas.

Más allá de estos datos incuestionables sobre la significación de la forestación nacional es fundamental entender que las tierras pobres, que antes se depreciaban, hoy valen, y que el resto vale aún más, lo que es enriquecedor para la generalidad. En las zonas de prioridad forestal, el Estado estimuló a que se plante, con beneficios fiscales; en el resto, el productor uruguayo elige sus opciones, cuánto ganado, cuánta agricultura o cuánta forestación, en nombre de su libertad comercial. El Estado no le puede prohibir que plante soja o imponerle que haga lechería. El productor buscará sus mejores caminos y, naturalmente, como la tierra hoy vale más, tiene que extremar su esfuerzo para alcanzar la mayor productividad y aplicarse entonces a hacer aquello que le rinde más a él (y, como consecuencia, al conjunto). Así es como se hacen grandes los países. Por el contrario, planificando centralmente, imponiendo qué debe hacer cada uno, el colectivismo marxista llevó al atraso a pueblos que perdieron la capacidad de iniciativa, cayeron en la improductividad y se encerraron en un corral que les condenó a la pobreza. Hasta que el rezago frente al mundo se hizo tan evidente que terminó cayendo.

¿Tiene sentido hoy prohibir que se plante fuera de la zona que el Estado promovió, que no tiene subsidios? ¿Por qué prohibir? ¿Tiene alguna lógica económica o social fijar un porcentaje que estanque el avance de la explotación forestal? ¿Hay explicación para un cambio de reglas jurídicas que derrumba el entusiasmo de quienes trabajan en este sector y pone una nota de duda sobre la seguridad jurídica del país?

Hay quienes piensan que la forestación puede acabar con la ganadería. Es tan absurdo como que el Uruguay, que superó el millón de hectáreas forestadas (solo un 7% de la superficie agrícola, frente a un 12% de Nueva Zelanda), este año logró el stock récord de ganado de toda su historia, con 12 millones de cabezas y 3 millones de terneros. Eso solo ha sido posible por un formidable aumento de la productividad ganadera, mediante un uso intensivo de los recursos naturales. Naturalmente, en esta carrera de progreso hay quienes quedan rezagados, y lo que hay que hacer es ayudarlos para que se superen, pero esto no se alcanza con planificación coactiva sino con una libertad asistida. Lo más reaccionario sería detener el impulso de quienes están a la vanguardia.

Lo mismo ocurre con la industria. ¿Preferimos exportar troncos de eucaliptus y no un producto de valor agregado como la celulosa? ¿Vamos a crecer, caminando hacia atrás? ¿Nos resignamos a que los pinos sigan saliendo en rolos o procuraremos incentivos para que se instale una gran industria de la madera, que aporte a la construcción una rama genuina de producción nacional?

Lamentamos que se ponga en cuestión el mayor éxito de la economía en por lo menos un siglo. Lamentamos también que no se entienda el daño tremendo que le haría al país una legislación limitativa, cercenadora, que cambie las reglas de juego y desaliente la inversión.

Una vez más, el país deberá librar una batalla contra el atraso y las melancólicas visiones de un pasado de estancamiento, que todavía pretenden detener la imprescindible adaptación a los términos de una competencia mundial que desafía nuestra sobrevivencia.

En la clásica obra de Molière, el burgués gentilhombre hablaba en prosa y no sabía. En nuestro tiempo, hay quienes actúan como marxistas sin advertirlo. Y es natural que haya quienes, desde esa visión, se les sumen. Los extremos suelen juntarse.

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