Una de las medidas del diálogo social más demagógicas es permitir nuevamente la jubilación a los 60 años. Pero dale que va.
Conociéndose pocos detalles del asunto, se ha dicho que la posibilidad estará abierta para todos los trabajadores y que, en paralelo, habrá fuertes incentivos para que se jubilen más tarde, incluso luego de los 65 años. Se argumenta que sólo un tercio se jubila hoy con 60 años, y que la mayoría relativa ya lo hace en realidad entre los 61 y los 64 años, ya sea para mejorar su tasa de remplazo o ya sea porque así alcanzan los años de aportes necesarios.
El objetivo planteado por el gobierno apunta sobre todo a los trabajadores de menores ingresos y empleos más sacrificados: serán ellos, calculan, los que más se beneficiarán del régimen de los 60 años, ya que, entre otras cosas, son los de menor esperanza de vida. Sin embargo, cabe acotar que hoy en día, con la reforma de la seguridad social de 2023, recién los nacidos a partir de 1977 se jubilarán obligadamente a los 65 años (2042 en adelante) y que hay dos actividades que conservarán la posibilidad de jubilarse a los 60 años: la rural y la de la construcción. Es decir que existe hoy un sistema muy amortiguado que, incluso, habilita al pasivo a poder trabajar mientras percibe en paralelo su jubilación, algo que el oficialismo no ha definido cambiar.
Conociendo la realidad del país me cuesta entender cómo es que el gobierno proyecta que su cambio en favor de los 60 años no afectará en nada sustancial al equilibrio de las cuentas previsionales. Naturalmente, es de suponer que todos aquellos que el oficialismo estima que es jubilarán a esa edad, lo harán. Pero ¿por qué habría de seguir trabajando por más años alguien sin obligación de hacerlo? El cálculo es sencillo: empezar a cobrar antes la jubilación permite más tiempo libre a una edad en la que se puede seguir trabajando en cualquier otro rubro y en negro.
Un ejemplo posible: un hombre que ganaba $50.000 pasa a jubilarse con unos $22.000, pero si se da maña puede ayudar a su yerno en su taller mecánico, o colaborar con su hijo en una empresa que distribuya leña, o darle una mano a un amigo en las cuentas de una barraca… es decir, cobrará su jubilación pero se mantendrá activo y sumará ingresos que lo llevarán a equiparar el salario que antes recibía. Quizás, aportará como jubilado-trabajador, pero lo más probable es que sumará por fuera y en la lógica de las changas informales.
Además, para el caso de alguien que esté en edad de jubilarse y se haya hecho en su vida laboral de cierto capital que lo ayude a mejorar sus ingresos para la vejez -algún ganado a capitalización, apartamento para alquilar, o taxis para hacer trabajar, por ejemplo-, ¿por qué habría de demorar su trámite por una eventual tasa de remplazo algo mayor, si al dejar de trabajar dispondrá de más tiempo para ocuparse mejor de lo suyo? Otro ejemplo, más arriba en la escala económica: los profesionales, que saben que su caja es un Ponzi, ¿por qué habrían de demorar la jubilación cuando ya aportan muchísimo como activos y nadie sabe cómo seguirá esa caja?
Individualmente tomado, las jubilaciones a los 60 resultan fantásticas. Colectivamente, es una bomba que le explotará a las nuevas generaciones. Es demagogia pura y lo sabemos todos.