Durante años, los activistas climáticos han afirmado que nuestro suministro de alimentos se ve gravemente amenazado por el cambio climático provocado por el uso excesivo de combustibles fósiles. Irónicamente, la guerra en Oriente Medio está poniendo de manifiesto que el mayor desafío alimentario al que se enfrenta el mundo es la falta de acceso a los combustibles fósiles. Hoy en día, la mitad de todas las calorías que consumimos procedentes de proteínas, carbohidratos y grasas solo son posibles porque se producen con fertilizantes artificiales, en su gran mayoría a partir del gas natural. Sin los combustibles fósiles, la mitad de la población mundial no tendría alimentos.
El conflicto en Medio Oriente y el bloqueo del estrecho de Ormuz no solo están provocando un aumento de los precios mundiales de la energía. Lo más importante es que, normalmente, una cuarta parte de los fertilizantes del mundo pasa por ese estrecho, y el bloqueo está reteniendo gran parte de los fertilizantes que ayudarán a cultivar los alimentos que alimentarán al mundo durante el próximo año. La ONU estima que esto podría hacer subir los precios de los fertilizantes en un 15-20 por ciento y empujar al menos a otros 45 millones de personas a una situación de hambre grave.
Y, sin embargo, durante las últimas décadas, se nos ha repetido hasta el hartazgo que el uso de combustibles fósiles, responsable del calentamiento global, era el gran desafío para el abastecimiento alimentario mundial. Esa afirmación es casi totalmente errónea.
Este argumento apocalíptico sobre el clima solo recibió atención porque perdimos de vista la maravilla que supone uno de los mayores logros de la humanidad en la era moderna: nuestra capacidad para abordar la seguridad alimentaria.
En los últimos 125 años, los alimentos se han vuelto considerablemente más baratos y abundantes, gracias al aumento de la productividad y la innovación. Lejos de un apocalipsis inminente, los datos revelan una historia de avances notables, en la que el cambio climático representa solo un obstáculo relativamente menor. Las reducciones radicales de emisiones corren el riesgo de hacer que los alimentos sean más escasos y caros para los más vulnerables del mundo.
Los activistas climáticos pintan un panorama desolador en el que el aumento de las temperaturas arrasa con los cultivos y agrava la hambruna, pero en su mayoría se equivocan. El cambio climático modificará las condiciones agrícolas, beneficiando a algunas zonas y planteando retos a otras, con un impacto neto negativo pero insignificante. Un estudio revisado por pares estima que el efecto sobre la agricultura reducirá el producto interno bruto mundial en menos del 0,06% para finales de siglo. El CO₂ también es un fertilizante natural. Los niveles elevados de CO₂ han reverdecido el planeta, añadiendo una superficie de vegetación equivalente a más del continente de Australia solo desde el año 2000.
Sin el cambio climático, se prevé que las calorías alimentarias mundiales aumenten un 51% para 2050 con respecto a los niveles de 2010. Incluso en un escenario de calentamiento extremo, las calorías alimentarias mundiales seguirían aumentando, aunque en un porcentaje ligeramente inferior, del 49%.
Las reducciones drásticas de las emisiones son una mala política si queremos mejorar la seguridad alimentaria. La política climática es una herramienta poco precisa y costosa: incluso las medidas más agresivas tardan décadas o siglos en influir de manera apreciable en el clima, con un costo de cientos de billones, mientras que la disponibilidad de calorías aumenta menos del 0,1%. Por el contrario, dar prioridad al crecimiento económico es más de 100 veces más eficaz, ya que aumenta el acceso a los alimentos en más de un 10% en cuestión de años, no de siglos. Y las reducciones de emisiones perjudican a la producción de alimentos más que el cambio climático. Hacen subir los precios de los fertilizantes, el combustible para tractores y la tierra, lo que deja fuera del mercado a los pequeños agricultores. Los modelos ingenuos suelen pasar eso por alto, pero estudios minuciosos demuestran claramente que un futuro con bajas emisiones y precios elevados del carbono en general se traducirá en 50 millones más de personas que pasarán hambre para mediados de siglo.
La guerra en Irán ha puesto de manifiesto que la crisis alimentaria y climática no es más que una distracción. Para acabar con el hambre en los países en desarrollo, los pobres no necesitan costosas reducciones de emisiones de carbono ni obligaciones de agricultura orgánica impuestas por activistas de los países ricos. Lo que realmente necesitan es un mayor acceso a fertilizantes, a precios asequibles.