Inflación del lenguaje

En economía, la inflación aparece cuando la cuando la emisión de moneda desborda su respaldo: el dinero circula, pero en el fondo vale menos. Estamos en una época donde ocurre algo parecido con el lenguaje. La “inflación” se ve porque hay más palabras en juego, pero cada vez con menos valor: explican menos, ordenan menos, comprometen menos. No es que falte comunicación, escasea el contenido.

El Parlamento, que históricamente fue un espacio de debate y argumento, refleja esa transformación. Muchas intervenciones parecen pensadas menos para persuadir que para el “recorte” de redes, para la tribuna. La pieza se escribe para circular, no para construir.

La presidencia importa para fijar el tono. Orsi llegó con un estilo reconocible: campechano, de frases cortas, con una relación distendida con el error. Esa cercanía reduce la crispación, pero abre una pregunta incómoda: ¿esa llaneza es un puente para decir mejor lo difícil, o un amortiguador para pasar de largo cuando toca definir?

Con Venezuela como telón de fondo, se vio cómo la palabra presidencial puede abrir un encuadre y, aun así, dejar una sensación de vacío. Mientras el régimen se sostenía, el discurso se refugiaba en un equilibrismo de adjetivos: se hablaba de ´procesos complejos’ o ’situaciones atípicas’ para evitar pronunciar la palabra dictadura. Esa terminología funcionó como un refugio semántico, una forma de ganar tiempo sin fijar posición. Sin embargo, tras la salida de Maduro, el lenguaje viró hacia una firmeza que antes no estaba. Ese contraste delata la inflación de la palabra: no se usó para liderar una postura ética de antemano, sino para convalidar un resultado final. Se dijo lo necesario recién cuando el riesgo de decirlo se había evaporado

Cuando la política exterior se vuelve una extensión de esa ambigüedad interna, el mundo deja de leernos como un socio previsible y empieza a vernos como un actor que no se decide. No tomar postura es, al final, una postura con consecuencias tangibles para los ciudadanos.

Hablar claro no es un lujo retórico: es una forma de responsabilidad. Cuando no se explicitan criterios, el debate se vuelve frágil y dependiente de la coyuntura. Es la pospolítica: mucha gestión del clima y pocas definiciones que puedan exigirse sin adivinar intenciones. Hay un miedo casi patológico al silencio, como si estar activo fuera llenar los vacíos a fuerza de ruido, cuando la pausa a veces es necesaria para pensar antes de hablar.

Quizá la inflación del lenguaje persiste porque, como sociedad, hemos dejado de exigir el respaldo de la palabra. Nos conformamos con el tono que nos resulta cómodo y evitamos la dureza de los datos que nos incomodan. Si la palabra pública no tiene valor, es también porque el mercado de los oyentes ha aceptado transaccionar con promesas de aire

No es accidental: es supervivencia. Definir cuesta y por eso se devalúa la palabra. Pero cuando el lenguaje se vacía, solo queda gestión de ruidos. Frenar esa inflación exige menos ambigüedad y más respaldo: llamar a las cosas por su nombre. Recuperar valor exige perder el miedo a no gustar, menos anestesia, más claridad. Porque cuando el lenguaje contenido, lo que se construye sobre él -desde la confianza pública hasta el lugar de Uruguay en el mundo- termina inevitablemente por ceder.

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