Indignación y consternación

Pensaba escribir sobre otro asunto: tenía otro tema. Pero no hay más remedio. Aunque el ciudadano común y corriente -en este caso quien escribe- sabe que lo que sucede en el mundo está fuera de su alcance y de su influencia y aunque también sabe que su voz nada conseguirá cambiar, hay situaciones que a uno lo hacen gritar. Tenga o no tenga escucha. Quizás se las diga a sí mismo simplemente para no quedar atragantado.

Es un escándalo sin atenuantes la desfachatez in crescendo de los discursos y los desplantes de Donald Trump, actual Presidente de los Estados Unidos. El poder, en un país democrático, es siempre un poder cedido, delegado, y del cual hay que rendir cuentas. El equilibrio necesario entre legalidad y poder es el acuerdo civilizatorio básico. Trump se mofa abiertamente de todo eso.

Algunos consideran que ahora ha cruzado todos los límites porque se mete con el Papa y tiene el tupé de decir que León XIV fue electo Pontífice por influencia de él, de Trump. Sin perjuicio de censurar esta grosería, Trump rompió todos los límites al proponerse y anunciar borrar una civilización entera de la faz de la tierra y bombardear -junto con Israel- ciudades y poblaciones civiles. Su catadura moral le hace dar por descontado que si tiene el poder de hacerlo lo puede hacer. Que el Presidente de Estados Unidos esté comandando acciones que pueden ser catalogadas como crímenes de guerra debe ser algo profundamente desmoralizador para los ciudadanos correctos de ese país.

Él se permite, en las redes (donde está activo todo el tiempo y desde donde ejerce el gobierno de su país) reírse de sus antecesores: de Biden porque está viejito y de Obama porque es negro.

Su lema “make America great again” lleva implícito que él es el único gestor de ese resultado. Aseguró antes de asumir que iba a terminar en dos semanas la guerra de Ucrania invadida por Rusia. Ahora afirma que él terminó nueve guerras. Cree que arregló el problema del narcotráfico porque hundió media docena de lanchas en el Caribe: crimen directo, sin juicio, sin pruebas. Descabezó Venezuela: algunos tontos creyeron que detrás del rapto y secuestro del Presidente había una preocupación por los derechos humanos que, nadie duda, venían siendo pisoteados bajo Maduro. Fue por el petróleo.

Para algunos comentaristas serios, como por ejemplo C. Invernizzi, Trump es un epifenómeno de la cultura contemporánea. El libro de Invernizzi “Twenty Years of rage” analiza un mundo o una civilización movida por la furia (o la rabia, según sea la traducción preferida). Sin perjuicio de que ese análisis global sea compartible, Trump no se explica por eso. Hay algo personal, propio de Donald Trump, en su talante agresivo y despectivo. Es parecido al caso Milei quien, aún en los discursos oficiales, insulta a los opositores, a la prensa y a cualquiera que no le guste con palabras que aquí en Uruguay no nos permitimos pronunciar en público. Trump, en un foro de inversores en Miami, dijo que el Príncipe Heredero Saudi se había comportado mal porque no calculó bien quién sería Presidente de EE.UU.: “He didn´t thought he would be kissing my ass”.

Este análisis y comentarios solo da disgusto, indignación y una angustiante pregunta ¿a dónde llevará esto?

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