JUAN MARTÍN POSADAS
El matrimonio entre ideología y política no está en buenos términos, para sorpresa y desilusión de algunos. Los devotos de las ideologías supusieron que un gobierno imbuido de una ideología tendría más facilidad para mantener un rumbo. Al final de cuentas toda ideología es un sistema global de explicaciones coherentes entre sí. La trampa está en que las explicaciones pueden ser verosímiles pero no necesariamente verdaderas.
El actual gobierno se proclama de izquierda: en consecuencia, dado que la izquierda es una posición claramente informada por una ideología, debería esperarse de él un discurso homogéneo, un rumbo directo y predecible. Pero es notorio -diariamente- que las cosas no son así. Esta situación podría obedecer a dos razones. O bien que este gobierno no entiende la ideología que lo sustenta y, por ende, no sigue fielmente sus preceptos, o bien porque no es verdad aquello de que las ideologías son útiles y funcionales para orientar la tarea política y tomar decisiones en ese campo.
Para no andarme con vueltas, creo que suceden las dos cosas: muchos de los integrantes del gobierno no entienden la ideología que profesan y, además, las ideologías no ayudan a la política sino que la desnaturalizan. El gobierno anda a los bandazos porque cuenta con demasiadas cabezas fijadas ideológicamente, poco dispuestas a ver la realidad y muy habituadas a recitar fórmulas aprendidas para enfrentar los problemas.
Los vaivenes del gobierno se verifican en muchos ámbitos. Repasemos los ejemplos de los últimos días en el terreno de las relaciones internacionales. En el tablero ideológico al Uruguay se le asigna un lugar entre los pueblos oprimidos y lo más lejos posible de los opresores, se supone que le va a ir mejor entre los países chicos (que son, por definición solidarios) y le va a ir mal con las grandes potencias (que han sido históricamente rapaces) y se va a entender con las naciones vecinas mucho mejor que con las muy distantes.
Es por ese trasfondo ideológico-mítico que nuestro canciller y la vicecanciller machacan día tras día con la apuesta al Mercosur y se baten con denuedo para bloquear cualquier tratado comercial con Estados Unidos, sea el TLC el TIFA o cualquier otra sigla. Para ellos la realidad, la que nos muestra todos los días cuán poco le importamos a Argentina o a Brasil, es invisible e inaccesible. Si la realidad se contradice con la ideología, entonces la realidad no existe. No lo dicen pero están convencidos y actúan así.
Es por haber comprobado una vez más que no es posible un diálogo entre la realidad y la ideología que el presidente Vázquez esta vez se animó y dijo: ustedes sigan discutiendo pero el TIFA se firma mañana: y se firmó.
Lo que complica la acción de este gobierno es la lucha y la falta de entendimiento entre sus integrantes: unos quieren llevar a la práctica una ideología que tenían preparada y pronta desde la década de los años sesenta y los otros quieren gobernar. Unos quieren demostrarle al mundo (o quizás a ellos mismos) que la ideología no era verso y merecía los sacrificios que les demandó: los otros quieren hacer cosas por el país (es decir, son políticos y no les urge justificar su pasado sino hacer un futuro).
En la región hay gobiernos de izquierda diferentes. La izquierda que gobierna Chile es muy distinta de la que gobierna nuestro país. Es curioso que la izquierda uruguaya no se interese por aprender de un gobierno de izquierda exitoso como es el caso de Chile.