Humildad, orgullo, soberbia

Julio María Sanguinetti

En 1950 nos creíamos los mejores en fútbol y también en democracia. Objetivamente lo éramos. En fútbol, Maracaná. En democracia, basta leer al historiador marxista Hobsbawn (pág. 117 de su "Siglo XX") para comprobar los hechos que sustentaban un legítimo orgullo. El problema vino más tarde, cuando a fines de los 50 el mundo económico había cambiado y nuestro país comenzó a requerir cambios que la sociedad resistía, acomodada a lo que sentía un buen pasar. Lo mismo nos pasó en el fútbol: jugamos en 1954 con un equipo tan bueno como el del 50, pero habían aparecido otros competidores del mismo porte, la Hungría de Puskas por ejemplo, y entramos cuartos. Lo vivimos como una derrota porque habíamos llegado campeones. Podría ser lógico, pero la cuestión era más honda: los tiempos habían cambiado, se jugaba más rápido y había que adaptarse.

Así, el orgullo se hizo soberbia por no asumir que ya no éramos necesariamente los mejores. Y esto que ocurría en el fútbol era reflejo de toda una sociedad que se sentía incomprendida por el mundo y comenzaba a ser negativa. Los logros sociales, aún ejemplares, ya no eran suficientes. Se aspiraba a más. La necesidad de competir internacionalmente era repudiada; fijar estándares de productividad, algo intolerable para nuestros trabajadores. Todo comenzó a estar en cuestión. Y así hubo quienes, instalada la revolución cubana en 1959, creyeron que era la hora de una revolución acá también. Tomaron las armas para derribar una democracia que veían insuficiente y el país comenzó a hundirse en la violencia.

Así fue que nos caímos y padecimos hasta una dictadura con su sangrienta pedagogía. Nos llegó la hora de la humildad. Aprendimos que nuestra democracia no era invulnerable. Y que para sobrevivir teníamos que competir fuerte y duro. Tanto en la carne, como en la lana o en el fútbol. A partir de 1985, los cambios se fueron dando, a remezones, con contradicciones, con mucha gente que no entendía pero otra que impulsaba y seguía adelante.

Nuestra apertura comercial fue vituperada entonces por quienes hoy, felizmente aunque tarde, la reconocen. Nuestra democracia también fue respetada por todos, aun por aquellos que la habían querido destruir. Tuvimos que padecer mucho para que se fuera entendiendo y para que el país hoy, luego de 5 gobiernos pos retorno, viviera un amplio consenso democrático. Han pasado 25 años y se va a celebrar mañana en el Palacio Legislativo, con la representación de los tres gobiernos de la época (Brasil, Argentina, Uruguay) y los tres partidos políticos de entonces. Es un acto justo y necesario, porque hoy parece que la democracia vino sola, de un día para el otro, y no por la sacrificada acción de los partidos tradicionales en la clandestinidad, por el esfuerzo de todos para negociar con dignidad, por su generosidad a la hora de salir y su espíritu pacificador para no dejar a nadie afuera cuando se retornó al gobierno. Todo esto no siempre se ve claro y por eso hay que recordar.

En el fútbol, por su lado, hemos vivido clima de festejo y retorno. Es como nuestro 1985 de la democracia. Hemos vuelto a ser ganadores. Sin la soberbia de creer que sólo se tiene éxito cuando se es campeón. Basta ser buenos y estar a la altura de las circunstancias, como lo expresó muy bien Tabárez cuando afirmó que el éxito no está sólo en el resultado sino en el camino para alcanzarlo.

Pero no nos envanezcamos. Estamos mejor porque el fútbol uruguayo se adaptó al mundo. Y ello es así porque todos los jugadores están afuera. Cosa que hasta hace pocos años no se aceptaba, al punto que los "repatriados" eran acusados de ricos aburguesados frente a los modestos muchachos que jugaban en nuestro medio. Y las selecciones llegaban divididas, jugando al ritmo de los más lentos. Hay que asumir entonces verdades tan impopulares como la de que quienes abrieron el mercado exterior para que nuestros futbolistas salieran, también tienen parte en esta victoria. Y analizar todo más a fondo y seguirse adaptando a los tiempos.

Podrá pensarse que este paralelismo que hacemos es rebuscado. No lo sentimos así. Sería un error imaginarse que los triunfos deportivos tienen una traducción electoral; la historia documenta ese disparate. Pero no entender que los valores de una sociedad le afectan a toda ella, es una visión parcial: saber que hay que ser competitivo internacionalmente, que no hay sustituto para la buena programación y el esfuerzo honesto, entender que el cambio es permanente y más que nunca en estos tiempos, ir al fondo -aunque sea incómodo- y no quedarse en brillos superficiales, asumir que hay que mirar hacia arriba y no igualar hacia abajo… Esto reza para nuestro fútbol como para nuestra vida. Por eso no avanzamos en salud o educación, porque estamos igualando para abajo y no queremos entender al mundo. Y por eso podemos arriesgar las victorias deportivas de hoy si no seguimos perseverando en el camino, corrigiendo errores y fortaleciendo aciertos.

Maravilloso y justo fue el festejo callejero del martes. Menos ruidoso pero seguramente más importante será el que recordará lo que pasó hace 25 años en las instituciones. El desafío es recoger la lección. Sin falsas modestias ni soberbias triunfalistas. Dejando atrás, para siempre, aquel síndrome de Maracaná que nos hacía creer que éramos primeros o de lo contrario, nada.

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