Horizontes en común

El presidente Orsi se propone presentar a todos los partidos un papel de trabajo destinado a acordar definiciones nacionales ante la coyuntura mundial.

Por lo que dijo el asesor presidencial Álvaro Padrón, que actuó como vocero, se trata de asumir que “Uruguay tiene un prestigio, una autoridad”, que “Uruguay nunca escondió la cabeza” y, sobre todo, que la actual zaranda internacional “va a durar y no podemos frente a cada episodio estar a los bandazos, sin tener una línea estratégica ni un consenso”. Se aclaró que no se trata de ignorar diferencias ni matices sino de retomar tradiciones anteriores a la dictadura. Se llamó a unir al país en torno a principios.

Una semana atrás deploramos que, al examinar la tragedia de Venezuela, la Comisión Permanente del Poder Legislativo perdiera la oportunidad de pronunciarse por unanimidad. Si ahora se busca trabajar para concordar, ¡aleluya!

¿Cómo no va a alegrarnos que en materia de Relaciones Exteriores el Poder Ejecutivo se apreste a recabar el parecer de todos los partidos? ¿Cómo no celebrar que rectifique la unilateralidad con que, ignorando la sensibilidad de la oposición, designó Embajadora ante la UNESCO a Beatriz Argimón, sin noticiarlo ni siquiera por cortesía al Partido Nacional? ¿Cómo no sentir la diferencia con el nombramiento de Carolina Ache como Embajadora en Portugal, a contramano no sólo de la voluntad del Partido Colorado sino también de su modo de ejercer las funciones de Subsecretaria, por cuyo motivo grabó sin aviso a su Ministro Francisco Bustillo? Bienvenida la iniciativa, pues.

Y bienvenido también el propósito de buscar consenso en torno a principios de Derecho y de política exterior en que deban coincidir gobernantes y opositores del Uruguay del siglo XXI, restableciendo el protagonismo conceptual que la República supo construir desde que descolló en 1907, en La Haya, al invocar José Batlle y Ordóñez fundamentos morales para proclamar que “Ya que tantas alianzas se han hecho para imponer la arbitrariedad, se podría muy bien hacer una para imponer la justicia”. Protagonismo confirmado al término de la II Guerra Mundial, cuando la doctrina Rodríguez Larreta le impuso valor normativo a la experiencia histórica de que la paz es inseparable de la democracia y de los derechos del hombre -como entonces se decía.

Precisemos: los principios, los conceptos y las ideas no están de moda. El relativismo, el funcionalismo y el marketing político tienen al Uruguay y al mundo en anorexia de conceptos. Llevamos una larga temporada en que el discurrir armónico -verbo perenne de la idealidad humanitaria- está siendo sustituido por la imposición de barreras al pensamiento y por la indecencia de hechos que son incomprensibles ni aun después de consumados.

En ese contexto, es claro que el Uruguay tiene mucho que aportar. Para ello es necesario reflexionar juntos, de modo de defender los ideales y los intereses legítimos de la República, sin anteojeras ni bandos. Oyendo no sólo a los partidos y a los gremios obreros y patronales, sino también a los muchos que son capaces de cultivar la razón sin apetitos.

Como inspiró Aristóteles y como reclama la peor crisis mundial desde que se fundó la ONU.

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