Historia, memoria, recuerdos

FRANCISCO FAIG

La fortuita aparición del cartel con la consigna del acto del Obelisco de 1983 y su entrega al museo de la memoria de la Intendencia de Montevideo traen al tapete, nuevamente, el tema de la Historia reciente.

Más de un tercio de los uruguayos nació después de 1985. En la perspectiva de esas nuevas generaciones, no es verdad que hoy estemos escudriñando con sentido científico el omnipresente período 1960- 2000. Son excepcionales los historiadores y transmisores de relatos históricos que han logrado gobernar la fortísima carga emotiva que nutre el subjetivismo e impide el frío análisis de la Historia reciente del país.

La Historia es ciencia social; la memoria es construcción política; los recuerdos son personales y privados. La pareja identidad- memoria, hecha de sentimientos y emociones y forjada en recuerdos personales, ocupa en el espacio público de nuestro país el lugar que debiera estar reservado a la identidad- Historia, fundada en el análisis desapasionado y la razón.

En la literatura especializada, dejando de lado el brillante análisis de Hebert Gatto sobre los Tupamaros ¿cuántos son los estudios que admiten y recalcan la realidad fáctica de los años sesenta que conduce, sin ambages, a corresponsabilizar claramente a la guerrilla de la caída a los infiernos de la democracia uruguaya? Escritos por la numerosa y variopinta cohorte de intelectuales compañeros de ruta frenteamplistas, que son la amplia mayoría del país: ninguno.

Y es que al Uruguay no le interesa la Historia. La cultura nacional, mayoritariamente de izquierda, la invoca. Pero en realidad, es la memoria la que ocupa su lugar, sobre un fondo de evidente identificación emocional ante los horrores de la dictadura.

Aquí se construye memoria- proyecto político. Sitúa a toda la izquierda vernácula en un noble lugar; relativiza el ataque a la democracia a partir de 1962; define al autoritarismo desde 1968; aplaude la perspectiva revolucionaria y latinoamericanista de toda esa década; se apropia de la virtud cívica.

Muy pocos pueden oponerse a esa cultura dominante formada por los Demasi o los Rico, y que se ha extendido con los gobiernos frenteamplistas. Exigir honestidad intelectual y rigor fáctico pasa a ser sinónimo de conservadurismo; cuando no se es, además, sospechoso de connivencia moral con la ignominia de la dictadura.

Hay que tomar clara conciencia de esta realidad. La construcción de un relato de alcance general, reproducido de múltiples maneras, coherente y prácticamente monopólico, y que asegura a la izquierda cierta superioridad moral sobre los otros actores políticos, atrofia el desarrollo liberal y democrático del país.

Pero el avance de una contracultura no puede sustentarse en un proyecto alternativo de memoria colectiva que caiga en las mismas prácticas de la izquierda (aunque de signo contrario). Se precisa exigencia de calidad: hacer Historia y dejar de confundirla con memoria de proyecciones políticas. Es una empresa urgente y necesaria.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar