Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Sobre nuestro debate

Una parte importante de la calidad democrática de un país es el tipo de debate que se genera en sociedad.

Esto incluye, naturalmente, el debate entre los políticos, pero también entre otros actores sociales con capacidad de difundir sus visiones y el intercambio en constante crecimiento de las redes sociales.

Si bien en términos generales nuestra pasada campaña electoral no fue agresiva ni de alto voltaje, si se la compara con las de nuestros vecinos, con la norteamericana o la española, verbigracia, en las redes sociales existió espacio para las campañas sucias y de miedo que buscaban influir en los electores.

Pero las redes también recogían otros aspectos interesantes, más edificantes, como el debate ideológico.

En este sentido, nuestro debate político tiene cualidades superiores a los ejemplos citados, como la cordialidad cívica que se mantiene en la mayoría de los casos, más allá de las quejas de ocasión y el calor de la lucha, pero también tiene carencias en la comparación con otros países. Las formas, en términos globales, las salvamos, pero a veces parecen ir incluso en desmedro del contenido.

En Estados Unidos, para poner el ejemplo de una campaña en curso, se generan debates bien interesantes sobre aspectos de fondo. Dentro del Partido Republicano surgen cuestionamientos de liberales (en nuestro sentido, no el norteamericano) y conservadores, mientras que las primarias demócratas muestras un amplio espectro de posiciones que van desde la socialdemocracia (al estilo yankee) al socialismo sin ambages.

En nuestro país el debate de ideas no suele ir a fondo. Es, por lo tanto, esencialmente superficial y más sobre aspectos instrumentales o de eficiencia que sobre los grandes temas. Incorporándome con la parte del mea culpa correspondiente, por ejemplo, adolecemos de falta de defensa de ideas liberales claras que pongan en el espectro de visión de los uruguayos alternativas de políticas que luego puedan ser prácticamente viables.

Aquí existe también una división de roles que debe ser bien comprendida. Como ha expresado alguna vez Alberto Benegas Lynch (h) el político que no siga lo que quiere su auditorio está perdido como político mientras que el intelectual que siga lo que quiere su auditorio está perdido como intelectual.

No es (enteramente) responsabilidad de los políticos la estrechez del espectro de nuestro debate; faltan antes actores que incrementen la diversidad de posiciones desde ámbitos académicos.

¿Cómo lograr entonces un debate más profundo y sustantivo sobre los temas relevantes para el país? Con un ambiente de debate académico más abierto y plural, no escorado hacia posiciones predeterminadas y trincheras establecidas con municiones y prejuicios. Apertura de nuevos ámbitos que permitan el surgimiento de nuevos actores, especialmente jóvenes, que se sumen con nuevos bríos y nuevas ideas.

Un sistema político en mayor contacto con el mundo académico, y no solo con algunos actores predeterminados por su carácter tradicional o estatal. Creación de centros de pensamiento dentro de los propios partidos que renueven las tradiciones ideológicas de cada uno dentro de su matriz. Y, finalmente, una ciudadanía atenta a estas expresiones. No es fácil, pero tampoco imposible, avanzar en este camino.

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