El actual campeonato mundial de balónpie tiene dimensiones y repercusiones globales: el Congo desafía a Portugal, Haití a Escocia, Curazao a Alemania. Poderosos se miden con pequeños, maestros con aprendices, desconocidos con ilustres, ricos con pobres de solemnidad, en una justa universal que pese a su aparatosidad puede percibirse acogedora y democrática. La única ocasión, para muchas naciones, donde encontrarse y mirarse como iguales. Una fiesta donde cualquiera es acogido sin reservas y sin ventajas explícitas en el plano deportivo. Lo que sin embargo, no debería hacer olvidar los solapados intereses corporativos que sostienen este poco común despliegue mundial.
Aquí, quizás por pura coincidencia o más seguramente ante los cálculos electorales de imperiosos algoritmos, parecería que también, comenzado el torneo se hubiera suspendido la doble guerra contra Irán y los Palestinos. Un conflicto donde nuevamente los Estados Unidos, como en VietNam o Irak, parecen no haber conseguido triunfar pese a su ostentosa superioridad militar. O, en términos más prudentes dada la ignorancia de lo verdaderamente acordado. De confirmarse un golazo mundial contra Trump de repercusión general. A la par de acordarse -parece- la paz en Israel, un país cuyo gobierno ha puesto a juicio sin mayor remordimiento, la credibilidad del judaismo, un gigantesco activo universal de tres mil años de duración, que el primer ministro no debería arriesgar tan impávidamente.
¿Que hay sobre la oportunidad de este torneo? Se han escuchado voces, sosteniendo que el fútbol, es capaz de promover conflictos (como en El Salvador), pero también, como ahora, detenerlos. Un parate que bien pudo nacer de la inescrutable psiquis de Donal Trump, un personaje que confunde al mundo con una tira cómica.
Por su lado según la FIFA, un extraño organismo privado suizo “sin fines de lucro”, (lo que oyó), adelantó que con este torneo se relacionarán no menos de seis mil millones de personas, es decir más del 80% de la población mundial impulsada por los estímulos de un deporte por primera vez universal. Algo que si no sorprende también exhibe la levedad de la FIFA para ignorar las tragedias que a su alrededor se desarrollan. Una disposición ética que, a nivel general, debería asumirse pero se estima supererogatoria, reafirmando que la globalización económica en marcha poco incide sobre la impostergable globalización moral.
En un mundo ideal, de seres perfectamente morales, capaces de valorar circunstancias y comportarse éticamente, lo que supone mentar una utopía kantiana, este campeonato, pese a las bondades señaladas, no podría tener lugar. Quizás, tampoco, uno menos utópico, algo menos egoísta que el actual. Mientras transcurre se estima en un millón los muertos y heridos en Ucrania y decenas de miles de civiles en Gaza. Hoy, con su firma, Ucrania atacó Moscú con cientos de drones y el ébola devora al Congo. ¿Amerita este panorama esta celebración internacional, desarrollada en el país de uno de los agresores y en los humillados territorios de México y Canadá? La respuesta es obvia, pero no aplicable a la especie sapiens. En el mejor de los casos el tema no es biológico sino civilizatorio y yo sigo hinchando por Uruguay.