¡Gracias Morante!

Antonio Muñoz Molina escribió hace tiempo un ensayo sobre cuestiones que acuciaban a España. La primera vez que lo leí confieso que me sonó un poco tremendista. Era el año 2013.

España había logrado sortear con dificultades el gobierno de Zapatero, y con el liderazgo de Rajoy parecía volver a la senda del crecimiento, prestigio, y reconocimiento internacional que se construyó durante las presidencias de Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Felipe González y Aznar.

El espíritu de la Transición, imbuida de modernidad, daba orgullo, y sobre todo esperanza de un futuro mejor. España se había dado una forma de gobierno dinámica, contemporánea, que era capaz de articular entre su diversidad, y a su vez proyectarse.

La gangrena del terrorismo etarra se iba apagando. Cataluña era pujante, a la vanguardia, y negociaba con dureza, peleando centímetro a centímetro, pero con racionalidad y dentro del marco legal.

Muñoz Molina fue profético al espabilarnos en el hecho absolutamente cierto de que nada es para siempre.

Mirándolo en perspectiva no era un libro pesimista, sino muy realista.

Un llamado a la responsabilidad cívica cuando aún las cosas no se habían puesto tan jodidas.

Se respiraba aún un buen aire.

Nadie pensaba en revolver el pasado ya lejano, porque ya no era parte de la cotidianeidad. España era UN país distinto, UNA nación consolidada con gentes que en base a sus diferencias construían una grandeza posmoderna.

Y de repente todo quedó al borde del abismo.

Las cuestiones más trascendentes del Estado dejaron de ser objeto del debate de los más ilustrados e inteligentes del Reino, para dar lugar a una política de espectáculo. Un show donde parece que el más espontáneo, gracioso, ocurrente, o pícaro tienen lugar. Una puesta en escena donde ya no se escuchan los argumentos de Torcuato Fernández Miranda, y donde no hay mirada larga como la que tuvieron Manuel Fraga o Rubalcaba.

El discurso que acompaña a esta política de fango obviamente no se funda en grandes desarrollos filosóficos, ni en genialidades como las de Cela, tiene su cenit dialéctico en expresiones como “si quieren ayuda, que la pidan”, o “son las cinco, y no he comido”. Y así, en la tierra que vio escribir a Cervantes y Lope de Vega, en la nación en la que supo no ponerse el sol, a la que hoy muchos se empeñan en destruir, donde campea el relativismo, a veces también brilla un destello de esperanza.

España, nación de gente buena, que más de una vez ha sufrido, sabe reconocer el tenebroso abismo. Identifica el peligro de acercarse demasiado al mismo. Y de alguna forma encontrará la manera de evitarlo.

Cuando veo la faena que este año viene haciendo Morante de la Puebla no puedo evitar el paralelismo.

Tan español, pero tan español el Maestro que hasta hace bien poco introvertido luchaba solo en la oscuridad contra sus propios monstruos de destrucción, hoy los ha derrotado y nos deleita con el mejor arte que se ha visto desde Joselito.

De igual forma España una vez más esquivará al toro, y también cortará el rabo.

España saldrá otra vez por la puerta grande.

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