Finalizando el primer año de gestión del actual gobierno su valoración tiende a ser neutra. Mientras tanto, se degrada el clima socio económico de un modo que parece prepararla. Seguimos habitando un país caro que impide crecer y convivir en mejores condiciones. Nos reducimos demográficamente sin reacción oficial. La educación sigue estancado y sus autoridades presas de la presión sindical, divagan sin concreciones. En síntesis, un gobierno que pese a sus buenos modales y a su correcto manejo de la democracia ignora que habitamos un planeta vertiginoso donde la inteligencia artificial, las computadoras quánticas y biológicas y la robótica señalan un horizonte que no admite esperas.
Ni siquiera convence a su propia coalición cuya ala más izquierdizante encabezada por el Partido Comunista, el Socialista y grupos menores, luce crítica y renuente usando a fondo su afinado aparato sindical para mostrar descontento sin necesidad de ocupar directamente ese rol. Nada más inexplicable que las huelgas en Conaprole, vital empresa exportadora o en el Puerto, donde reiterada e irresponsablemente se pone en riesgo la economía nacional. Con ello se crea una coyuntura de tensión interna al interior de la izquierda que se asemeja a la de 1989, cuando el Frente se partió en dos pedazos.
En aquel momento por diferencias ideológicas y de liderazgo, hoy por una política, que a ojos de los “viejos izquierdistas” se muestra ajena a los programas frentistas. Levantando una crítica que atribuye atonía política al gobierno, parecida a la que efectúa la coalición republicana, por más que reclamando metas diferentes, fundamentalmente en el plano económico. Esta situación no implica que el Frente amenace dividirse, algo que vista su trabajada tradición de unidad -probablemente el aspecto más exitoso de su política desde 1989,- resulta difícil que ocurra. Aún cuando esta vez no se trata de la desconfianza sobre la democracia que el Partido por el Gobierno del Pueblo, con Batalla a la cabeza, mantenía respecto a sus asociados a la salida de la dictadura mlitar, en una coyuntura donde las instituciones peligraban. Los sucesivos y posteriores gobiernos del Frente, que por entonces no tenían antecedentes de ello, borraron esta inquietud.
Ahora inciden fenómenos diferentes y de orden externo, pese a que sus efectos sobre la totalidad del espacio de izquierda nacional, exhiban ciertas similitudes con aquel pasado. Al presente, el remanente minoritario de la debilitada vieja izquierda marxista, se rebela en el mundo ante el empuje de derecha extrema orquestado en EE.UU.por Donald Trump con presencia planetaria. Un empuje multicausal en la que prima la globalización, el cambio económico-tecnológico, las gigantescas empresas trasnacionales, la regresión cultural anti ilustrada y en lo que hace a la específica contribución de la izquierda, las diferidas consecuencias de la caída de la utopía soviética a fines del siglo XX.
En ese turbulento clima, la vieja izquierda clasista, aun herida de muerte y por mera supervivencia se mantiene aferrada a lo que queda de su blindaje anticapitalista y abomina de un cambio que advierte, borrará definitivamente su utopía. Es por eso que en cierta medida puede decirse que su denuncia de la ultra derecha, que atribuye al capitalismo, sempiterno origen de todos los males, aplaza su definitivo final.
Al tiempo, otra parte de la izquierda mundial más realista y menos comprometida con lo ideológico, auscultando que la ciudadanía se desplaza hacia el centro del espectro político, donde se encuentra con la vieja social democracia la del antes denostado reformismo estatal. Confirmando que existen momentos históricos donde parte de la población y consiguientemente el espectro político que la representa se corre tanto a la derecha, como ocurre ahora o pasó en la década de los treinta con el fascismo, o a la izquierda, como sucedió en los sesenta, Cuba mediante. En algunos partidos centristas y algunas geografías, menos nitidamente que en otras.
En correspondencia con este proceso, en Uruguay esta deriva acusó un notorio impacto en el actual sector mayoritario del Frente, sujeto adicionalmente a la carga de constituir el principal componente del gobierno. Aun cuando afectara poco a los partidos tradicionales, cuya longevidad y tradiciones les otorgaron una estabilidad, poco usual en otras latitudes. Por más que inspirara el surgimiento de Identidad Soberana. Pero, debe reiterarse, donde realmente impactó fue en el MPP, el viejo movimiento guerrillero de Sendic que en los sesenta se declaraba a la izquierda del Frente y practicaba una revolución armada. Hoy cincuenta y cinco años después constituye el principal componente del gobierno, en una voltereta que cuesta explicar pero cabe agradecer. Quizás porque la misma, pese a derivar de factores externos, le permitió asumir con realismo el actual estado del mundo y sus estrechas posibilidades para transformarlo.
El Presidente Orsi y su Ministro Oddone, hombres intelectualmente diferentes, pero sobrios, prudentes y concientes de la necesidad de acordar para gobernar, son sus cabezas políticas y principales exponentes de la moderación. En gran medida preparada por José Mujica, un líder que pese a su incapacidad ejecutiva, supo asumir los cambios epocales.
Pese a sus virtudes, ni el Presidente ni su ministro logran evitar que el Frente, tensado por las contradicciones de sus dos grandes sectores, como forma de ocultarla, base su estrategia en desmerecer al gobierno anterior.
Su lamentable tratamiento del tema Arazatí, más el confuso manejo de Cardama, son la mejor muestra de esta impotencia. Ello hace que en lugar de aprovechar la parcial e inédita actual confluencia centrista, el país aparezca dividido por asuntos del pasado que, sea cual sea su solución, no deberían asumir tanta relevancia en cuanto temas técnicos o jurídicos menores.
Con este proceder se desestima y no solo por parte del oficialismo, un momento histórico único, que si bien rompe el orden internacional, favorece en su periferia nacional, urgentes acuerdos multipartidarios para defender y transformar nuestro país.