Gestionar la tristeza

Hay muchos indicadores que pintan bien al Uruguay. De acuerdo al banco Mundial, es un país de altos ingresos; según The Economist, tiene democracia plena; y califica alto en muchos rankings en la región. Seguramente que eso es cierto para muchos uruguayos que vivimos en algunas zonas de de Montevideo o en barrios privados, y para mucha gente en el interior. Los indicadores y los rankings, sin embargo, no son la realidad, sino una reducción de la complejidad de esta para hacerla manejable y permitir comparaciones. A los indicadores hay que darle la atención que merecen, pero hay que evitar fetichizarlos.

En Uruguay tenemos el fetiche aun mayor de las políticas públicas y el Estado. La solución a los problemas pasa por ellos, sin embargo, hace mucho tiempo que en Uruguay persisten los mismos problemas, como la pobreza infantil, y otros que se han profundizado, como la gente en la calle o la gente en la cárcel. La sacralización del Estado y de las políticas públicas impide advertir que hay aspectos que no funcionan y que, probablemente, los problemas respondan a causas más profundas. Un ejemplo es el tema del impuesto al 1%. Aquí parece resonar, aunque en su versión bastardeada, la observación de Orwell en The Road to Wigan Pier: no es que a ciertos socialistas les importen los pobres, sino que odian a los ricos. Tal vez caiga en un cinismo excesivo, pero dudo que la pobreza infantil se resuelva con 600 millones de dólares. Es posible que el indicador de pobreza infantil sí mejore arrojándole dinero al problema, pero soy mucho menos optimista respecto de que así se remedie la tragedia que la pobreza infantil implica, por más que las desigualdades den rabia.

La razón de esto, creo, radica en patologías afectivas previas que tenemos como país. Por afectivas me refiero al sentido que el pensador francés Gilles Deleuze dio a los afectos, entendiéndolos como variaciones en la capacidad de un cuerpo para actuar y ser afectado, algo previo a la conciencia y a la representación. Los afectos remiten así a una dimensión más profunda que lo meramente racional: nos constituyen de forma radical y configuran la potencia de actuar de individuos y colectivos sobre la que, en última instancia, se asienta la política. Desde esta perspectiva, el problema no son estrictamente las políticas públicas ni la cantidad de Estado, sino los afectos que las preceden y deberían sostenerlas; pretender que el Estado y las políticas públicas sustituyan esas condiciones afectivas básicas es, poner la carreta delante de los bueyes.

El sociólogo alemán Jurgen Habermas decía que la modernidad se caracteriza por la colonización del mundo de la vida por la economía y el Estado, de manera que la comunicación y los significados compartidos quedan opacados por la burocracia y la eficiencia. Como en el Uruguay no somos tan modernos como el occidente de Habermas, tenemos la virtud de que es posible tener vínculos interpersonales muy profundos, pero el vicio de un sistema social poco eficiente y no tan racional. En los países ricos de occidente, por el contrario, el sistema social, como entidad abstracta, suele funcionar muy eficazmente; no es indispensable haber nacido en una familia pudiente ni tener contactos para avanzar, pero resulta difícil entablar amistades. En Uruguay somos estables pero tribales y orgullosamente mediocres; el resentimiento es la emoción primordial de un lado del espectro político mientras que la ideología del otro es la libertad- entendiendo libertad en el sentido marxista de falsa conciencia. Es un país con un desorden afectivo donde, contra Benedetti, no defendemos la alegría, sino que gestionamos la tristeza. Esto nos pasa cuando entramos a la mayoría de los lugares públicos, donde el cuerpo se siente afectado por una profunda desidia. Esto no es por los individuos que trabajan allí, sino que es una fuerza previa que está entre los cuerpos y los afecta.

Apropiarse políticamente de la alegría, como lo hizo Orsi en la campaña, me pareció una aberración. Se da la inversión fatal en la que la política busca determinar los afectos y sustituir la carencia de potencia vital. El principio básico de la filosofía de Ortega y Gasset es que la vida es la realidad radical, es decir, que todo radica en la vida como principio primigenio. Todo lo demás es secundario: las cosas, los demás, el derecho, la política, etc. En Uruguay tenemos el problema de una profunda pobreza vital y buscamos enriquecerla invirtiendo las cosas, radicando a la vida en la política pública y el Estado. Le damos el crédito a la política para que produzca sentido, nos proporcione energía y nos oriente, pero es muy difícil que devuelva.

Repito que estos párrafos no son sacrílegos, contra las políticas públicas ni contra el Estado, sino un señalamiento de la baja potencia afectiva y vital uruguaya por la que buscamos que las instituciones compensen nuestra debilidad colectiva. Cuando la gente emigra, es afectada por otras fuerzas que impulsa a que muchos prosperen. No digo que esto sea una ley, pero hay sociedades que dan más vitalidad que otras, o que afectan más alegremente. En otra columna hace un tiempo titulada “Des-esencializar la política” escribí que me parece necesario pensar una política no centrada en defender identidades, sino en construir conexiones parciales y contingentes a partir de preocupaciones compartidas, porque seguro que todos queremos lo mismo.

Creo que para esto hay que generar los afectos necesarios, además, otorgando la cortesía de dejarse afectar por otros cuerpos, como ser otras ideas. Mientras tanto, gestionaremos la tristeza, ya que, según los indicadores y los rankings, no nos va tan mal.

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