Fuegos de artificios

MARÍA JULIA POU

El 24 y 31 de diciembre la noche montevideana se encendió de magníficas luces y se vio perturbada por el incómodo estruendo de las bombas. Hace miles de años los chinos inventaron la pólvora para estos fines festivos que se mantienen a pesar de los otros bélicos y más comunes modos de utilización. Hoy lunes los restos de cañitas voladores, volcanes, verdaderos misiles y demás elementos de la pirotecnia ensucian -un poco más- nuestra ciudad.

Una reflexión seguramente común a todos los vecinos nos ha llevado a considerar, entre otras cosas, el tremendo costo que debe de haber tenido esa media hora de estruendo y luz, el inquirir cual es el motivo hondo de estas actividades, pero sobre todo una reflexión acerca de lo bello y efímero de ciertos acontecimientos. Quemada la necesaria pólvora, nada queda...

Sin pretender honduras filosóficas ni por supuesto criticar la muy libre opción del encendido de fuegos de artificio, el fin de año y las bengalas nos llevan a cerrar el 2006 comentando lo accesorio y lo esencial que puede haber ocurrido en el año que feneció

Desde un punto de vista personalísimo hemos sido testigos de fuegos artificiales gubernativos de muy variada especie. La bengala más luminosa ha sido lanzada desde filas oficialistas y se llama reelección. No es la primera vez que se enciende pero en esta oportunidad su brillo y permanencia en el cielo político ha sido mayor pues los que encendieron la mecha son los principales dirigentes frentistas. La maniobra es hábil, los resplandores fuertes pero seguramente que ni estas ni otras manifestaciones de apuro electoral que abarca a todos los partidos son otra cosa que insustanciales fulgores que nada tienen que ver con lo que realmente necesita el país.

Las elecciones internas del Frente, plenas de legitimidad que constituyen un saludable ejercicio democrático, durante dos meses no sólo ocuparon a los gobernantes en tareas distintas a las de su competencia, sino que incidieron en posturas de gobierno con finalidad de proselitismo interno.

El delicado y respetable tema del análisis del pasado, también ha servido para esconder una manifiesta inacción del gobierno en otros campos.

En materia de educación todos pensamos que el partido de gobierno tenía claras las ideas y prontas las acciones a llevar a cabo. Nos encontramos en cambio con la insólita convocatoria a asambleas populares con escasa concurrencia. Luego tuvimos un congreso de mil ochocientos compatriotas -seguramente bien intencionados pero que están lejos de ser representativos de toda la población, ni numérica ni cualitativamente. El resultado era previsible: luego de este helénico ejercicio de "democracia directa" ningún proyecto de ley pudo ser exhibido como producto final de ese esfuerzo.

Es que gobernar en una democracia representativa implica, entre muchas otras cosas, atenerse al resultado del mandato de los ciudadanos: los representantes del pueblo son los elegidos para elaborar las leyes recurriendo si lo complejo del tema lo exige -como es el caso de la educación- a especialistas en la delicada materia. Lo que esperábamos del gobierno era un proyecto con ideas claras, modernas, adaptando el proceso educativo a las nuevas realidades y no fuegos artificiales seudo democráticos.

En fin, pasan las bengalas, quedan los problemas. Los uruguayos esperamos... pero el mundo no nos espera...

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