Exitosos fracasos

En la vida la discreción y la prudencia suelen ser grandes herramientas, en Política mucho más, y en una cartera como el Ministerio del Interior son absolutamente imprescindibles. Bueno, el ministro Carlos Negro carece de ambas, y hace gala de ello en reiteración real.

La última perla del interminable collar de yerros fue la de declarar que el dispositivo de seguridad del clásico entre Peñarol y Nacional, donde un policía terminó en el CTI, fue “muy bueno” y que se cumplió “a la perfección”. Es no entender del fondo del asunto y encima darse el lujo de tampoco entender de formas. Es inconcebible una declaración así porque evidencia desconocimiento pero también liviandad, casi frivolidad se podría decir. Es golpearse el pecho con inmerecida arrogancia, lo que solo augura más y peor de lo mismo. Es como el paisano que se estaba ahogando en el río Yaguarón pero con tal de no aceptar la desgracia gritaba “Yaguarón te estoy tragando”.

Una de las primeras perlas fue decir que “la lucha contra el narcotráfico está perdida” y eso es tirar la toalla en la batalla simbólica. Nadie discute la dificultad de esa pelea, que ha desencadenado un sinfín de consecuencias criminales, pero decirle a la sociedad que ya perdimos antes de empezar a pelear es un error. Porque además en esa sociedad es que están los criminales, que también lo escuchan, se regodean y se afianzan en la batalla por el relato. Sí, acá también hay batallas por el relato. El de que son invencibles, intocables, poderosos y temidos. Eso los hace más fuertes en sus ámbitos, aumenta su influencia, porque los acaba de legitimar como invencibles el ministro que debería combatirlos.

Y en esa misma sociedad que escucha la voz del fracaso autoinfligido también están los policías, que necesitan y reclaman respaldo y reciben pesimismo.

No es de recibo el absurdo argumento de Negro de que es una cuestión semántica. No, en Política las palabras valen, pesan y si quiere pueden ser muy efectivas.

Recurramos a un análisis contrafáctico: ¿a alguien se le cruza por la mente que al comenzar el período de gobierno pasado Jorge Larrañaga hubiera dicho algo así? ¡Por supuesto que no! Las palabras, la gestualidad, los símbolos son sagrados en Política, por eso se equivoca el ministro en elegir el camino del derrotismo.

Permitir que Prosecretaría de Presidencia desmiembre el Ministerio del Interior al llevarse a su órbita el Sistema Integral de Lucha contra el Crimen Organizado y el Narcotráfico es ceder a un debilitamiento institucional del Ministerio del Interior. Es malo porque escapará a los controles parlamentarios y es malo porque la operativa será disfuncional por la falta de musculatura y recursos humanos. Es una concentración de poder ineficaz que solo traerá descoordinación y celo institucional. Se ve desde lejos la pata a la sota.

La seguridad es la principal preocupación para el 46% de los uruguayos, según una reciente Encuesta de Factum, y aumenta al 51% si se la une a preocupaciones similares como la violencia o el narcotráfico.

Es decir, necesitamos acciones y determinación. No se necesitan procesos de “diálogo social”, típica postura de la izquierda intelectualoide y burocrática de hiperdiagnosticar realidades obvias mientras la realidad se les escapa como arena entre las manos.

La política de desarme que plantea el gobierno es por lo pronto incierta, no la explican en profundidad y no los avalan los antecedentes. Todos recordamos el exitoso fracaso en 2013 del programa “Armas para la vida” que pretendía canjear armas por bicicletas. Como si al delincuente le resultara atractivo canjear su arma por una bicicleta de paseo. Como que por arte de magia el criminal recapacite y opte por pasear en lugar de delinquir. Solo en la concepción romántica e ineficiente de quienes nos trajeron a esta crisis de seguridad puede resultar viable un plan así.

No es con la desprisionalización, no es prohibiendo andar de a dos en moto, no es echándole la culpa a la LUC cada vez que tienen oportunidad, no es elaborando planes de acción que demoran un año en culminarse, no es por ahí.

Hablemos de tecnología al servicio de la seguridad, hablemos de más y mejores recursos humanos, hablemos de educación, hablemos de salud mental, hablemos de adicciones, hablemos de la construcción de valores en comunidades fuertes como anticuerpo al crimen que permea y consolida modelos de antivalores, hablemos de planes con inventivos para que empresas privadas le den oportunidades laborales a los liberados, hablemos de dónde ubicar institucionalmente el Instituto Nacional de Rehabilitación para optimizar su funcionamiento, hablemos de cómo se pueden hacer cambios en la gestión carcelaria pasando algunas funciones a privados. Esos son los debates que hay que dar, hay que hacerse cargo.

Tolerar el deterioro institucional, naturalizar el resquebrajamiento de valores, desvalorizar la autoridad son cuestiones que hacen daño al entramado social y es difícil después recuperar. Porque además se percibe con facilidad. Es un poco aquello de la “teoría de las ventanas rotas” que desarrollaron los criminólogos James Wilson y George Kelling y que fueron insumo para la gestión de Giuliani en Nueva York en la década del 90, pero no solo en lo que tiene que ver con infraestructura urbana, sino con algo más preciado: los valores. Un sistema de seguridad que no reprime, que romantiza el delito, que elige poner al delincuente como víctima de un sistema y no como victimario, de alguna manera tolera las ventanas rotas. Y lo que vendrá después de eso son más ventanas rotas. Autoridad que no se ejerce se pierde, no hay que confundir autoridad con autoritarismo. Y por cierto tampoco va en desmedro del enfoque dual que se desarrolló en el gobierno anterior y que hoy a falta de ideas propias, abrazan como idea a llevar adelante.

Solo tienen que apartarse de los yerros y en especial dejar de verlos como éxitos. No hay nada más peligrosos que un Ministerio del Interior que se autopercibe eficiente y solo acumula exitosos fracasos.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

premium

Te puede interesar