La realidad de otros países nos llama a la reflexión sobre qué pasa con la nuestra, con la que vivimos a diario aquí en esta comarca de los confines de Occidente llamada Uruguay.
El brutal desempeño electoral de Trump -quien sorteó todos los obstáculos que el mundo woke se inventó para detenerlo, salvando su vida por milagro- y su peculiar inicio de segundo mandato dan para reflexionar.
Hasta hace poco en la ciencia política era común repetir que las dos democracias más consolidadas de las américas eran los EE.UU. y Uruguay.
Nunca le tuve miedo a Trump. En este mismo espacio escribí hace años que la maquinaria democrático-institucional creada por los Padres Fundadores es perfecta. No falla. Y que, sin dudas, la misma está diseñada para cuidar la supervivencia de la Tierra de la Libertad, más allá de los caprichos de los gobernantes de turno. Además, Trump puede ser muchas cosas. Será peculiar, original, incluso disruptivo, pero nunca idiota. Y creo que es precisamente eso lo que le rescató de bailar con la más fea.
Su convencimiento y conocimiento del alma estadounidense, que aún hoy, casi 250 años después de su fundación, en su mayoría sigue latiendo como aquellos genios de Washington, Franklin, Hamilton, Jefferson, Jay, supieron que iba a hacerlo.
Porque la base del pensamiento de los fundadores fue el derecho natural y de la mano de este la búsqueda de la felicidad de todos los hombres que han sido creados iguales.
Esos fundamentos inmutables fueron los que estuvieron en peligro.
Pero el riesgo no lo imponía Trump con sus modos irreverentes, lo configuraron los Clinton, los Obama, Biden y Harris, quienes reiteradamente insistieron en su agenda woke -relativista y pretendieron gobernar para una nación única, como si esta estuviera desdoblada en dos almas.
Un alma demócrata a quien por momentos -hoy ya no tanto- parecía resbalarle el sentido de trascendencia del ser humano y un alma republicana que, volviendo a sus orígenes, volvía a ser.
Hace casi 250 años Hamilton y Jefferson discutían fuertemente sobre cómo generar más crecimiento económico para su país y sobre cómo distribuir mejor la riqueza.
El cerno de dicha discusión era definir cuál modelo económico era más propicio a generar ciudadanos virtuosos que honraran los principios de la república y contribuyeran a su grandeza. Se daba la dicotomía de un país agrícola o industrial. De si la austeridad o los lujos europeos. De las estrategias de apertura o crecimiento.
Rápidamente, aquellos líderes que pensaban en grande entendieron que el reconocimiento de la dignidad del hombre, el estado de derecho, el imperio de la ley, un Estado poco entrometido, la apertura comercial, y el avance hacia territorios desconocidos -el lejano Oeste en aquel entonces- eran la respuesta para mayor crecimiento y felicidad.
Hoy, aquí en la comarca, alcanzaría con espabilar y emularlos. La cosa no va ya de cómo crecer, o como distribuir las migajas que un Estado asfixiante va dejando a los privados que de verdad no medran de él. La cosa va de abrirnos y mirar hacia lo desconocido. En el mundo de la inteligencia artificial, vamos mal si seguimos pensando como en los sesenta.