El tema cantado para esta pieza hoy era el nuevo gabinete de Yamandú Orsi. Teníamos hecho incluso un hermoso comparativo de los perfiles de los 4 o 5 cargos claves de la próxima gestión con los de la que está terminando, que era muy revelador. Sin embargo, todo explotó por los aires.
Es que el matrimonio Mujica, el gran titiritero de la política nacional, decidió reabrir el fétido baúl de la historia reciente. Y volvió a enfrascar a la sociedad en el debate inacabable sobre la “guerra sucia” y su penoso epílogo judicial. El autor de estas líneas se reconoce alérgico a la “tupamarología”, consecuencia tal vez de que, pese a tener ya el sol pegando en la nuca, ni siquiera tenía edad de votar cuando la “Ley de Caducidad I”. Pero el tema es tan inevitable como revelador de la consecuencia de nunca haber resuelto ese trauma de una manera consistente con la historia del país.
Lo que dijo Topolansky lo sabe ya hasta el más distraído observador de la política nacional. Sostuvo en un libro de Pablo Cohen, lo mismo que luego ratificó su esposo, el expresidente. Que hay causas judiciales vinculadas a la represión, donde con tal de meter gente presa, los testigos mintieron. Es más, afirma que hubo una acción premeditada para presionar a esos testigos para que mintieran.
Pero todavía tiró más nafta al fuego, al sostener que quienes hicieron eso, o al menos lo lideraron, fueron militantes comunistas y de grupos afines. Mientras que los extupamaros se habrían mantenido, principistas, lejos de esas mentiras aberrantes. “Nosotros somos distintos”, dijo Topolansky.
Como era de esperarse, esto generó una tormenta en la izquierda y la nube de grupitos que orbitan en torno al tema desaparecidos y afines. Indignación, insultos, agravios, golpes en el pecho reivindicando la justicia.
Entre esas reacciones, hay un par que son verdaderamente llamativas. Las primeras, la de gente en sus 30 o 40, que no vieron ni sintieron nada de lo que pasó en los años duros de esa guerra sucia, pero tienen el toupé de agraviar a dos señores que, contando con toda la lejanía política y espiritual posible de quien esto escribe, pusieron su cuerpo y vidas en aquel momento como pago de sus delirios políticos.
A veces, viendo el arrojo y valentía de estas generaciones que se criaron al calorcito de una democracia consolidada, no queda más que lamentarse de que no hubieran vivido en los 70, ¿no? Ahí sí que Gavazzo o Silveira no hubieran tenido nada que hacer.
Esto es irónico, por si alguien no se dio cuenta.
Las segundas reacciones llamativas son las de algunos operadores judiciales. Por ejemplo, el fiscal Perciballe, que primero contestó intimando a Topolansky a denunciar si sabía algo. Y luego se dio cuenta de que su trabajo era citarla a declarar, no contestar con tono de malevo. Otro ejemplo, el jefe del gremio de los fiscales, Willian Rosa, que quiso hacerse el chistoso, y dijo algo de que algunos “juegan con cosas que no tienen repuesto”.
La verdad es que todo el Uruguay, o al menos los que leen del tema, saben que en los juicios a ex represores hubo condenas basadas en pruebas discutibles. O, al menos, con un caudal probatorio por el cual nadie iría preso ni 5 minutos, si la causa no tuviera que ver con ese tema. Es más, hubo varios casos de gente que estuvo presa y después se supo que no tenían nada que ver. Una nota recién publicada por el amigo Leo Haberkorn en El Observador deja en evidencia varios casos donde pasaron cosas inaceptables, pero que, sin embargo, motivaron condenas y ratificaciones de tribunales. Y acá mismo en El País hemos publicado historias, como la del médico Carlos Suzacq, extraditado de España y preso desde hace un año sin condena, por un testimonio dubitativo de algo que pasó hace 50 años.
¿Esas vidas tienen repuesto?
La última cosa llamativa es que tanta gente, en “la izquierda”, se sienta tan afectada por lo que dice Topolansky, y no por el hecho de que pueda haber gente presa de manera injusta. En algún momento, hace muchos años, la izquierda se definía como humanista. Y en facultad, los profesores más “progres” eran los que te enseñaban aquello de “más vale un culpable libre que un inocente preso”.
Pero lo más lamentable de todo esto es que el país siga entrampado en una cuestión de hace 50 años. No es para volver a discutir sobre el Club Naval y todo aquello. Pero la realidad es que, o con un proceso judicial, al estilo argentino (que terminó horrible, vale aclararlo) o por una amnistía con el formato de lo que votó dos veces la sociedad uruguaya (muy alineada con nuestra propia historia), este tema se debió resolver hace décadas. Cuando los implicados estaban vigentes y capaces. Seguir cargando a las nuevas generaciones con el peso de este proceso mal parido, seguir postergando sus urgencias y demandas, parece una injusticia igual o mayor que la que desencadenó todo el problema desde un principio.