El Senador Pedro Bordaberry reclamó que Uruguay se integre al Escudo de las Américas. Alega que de no hacerlo corremos peligro que los narcotraficantes, impunes sin su protección, se trasladen al país. A su vez, Álvaro Delgado pidió aclarar si fuimos invitados a integrar dicha asociación. En igual sentido, el Presidente Orsi afirmó que está considerando la posibilidad de hacerlo. No conocemos la posición del canciller Lubetkin, pero el tema inquieta.
Sobre esta cuestión el 26 de marzo pasado publicamos en este medio una columna donde adelantábamos datos sobre el Escudo de las Américas, procurando aclarar su real alcance. Nos apoyábamos para ello en evidencias proporcionados por la inteligencia artificial. Sorprendentemente la misma ha ido variando su información sobre el mismo, pasando de afirmaciones jurídicas radicales sobre su texto a comentarios vagos e imprecisos, lo cual, dicho sea al pasar, demuestra las prevenciones que deben adoptarse respecto a sus testimonios.
Como es más que notorio, el mundo vive una guerra entre EE.UU. e Israel contra Irán y otra de menor alcance en la Franja de Gaza actualmente extendida al Líbano y a la guerrilla de Hezbolá. El conflicto ha ido creciendo progresivamente involucrando a los países del Golfo y según datos recientes, amenaza involucrar a regiones aledañas, a la vista del actual doble bloqueo sobre el Estrecho de Ormuz. EE.UU. constituye el principal protagonista del conflicto bajo el liderazgo del presidente Trump, un personaje imprevisible y megalómano, cuyo equilibrio mental resulta progresivamente más y más sospechoso. Dicho sea esto porque es precisamente él quien, coronando una política prepotente e inconsulta, ha pergeñado el mentado Escudo contra el narco tráfico, desdeñando las soberanías de estados ajenos al suyo.
No se trata de ignorar la constante presión que los EE.UU. ejercen sobre nuestro país para plegarnos a su interesada política exterior, enfilada a inclinarnos a su hegemonía. Una coerción creciente que, bajo el pretexto del terrorismo internacional, ha reconocido tanto el ministro Oddone como la propia Presidencia. Ignorarla, a la vista del panorama latinoamericano y mundial sería suicida, pero ello no implica entregarnos inermes a los requerimientos del errático país del Norte.
El Escudo de las Américas, junto a la Carta de Doral y a la Comisión para la Paz (Board of Peace), constituyen instrumentos, que liderados directa o indirectamente por Trump (como persona y no como institución estadounidense), buscan sustituir al orden internacional y regional en su conjunto por acuerdos liderados por la potencia del Norte y a la vez frenar la expansión política y tecnológica de China. Formulados de manera vaga e imprecisa (sus textos escritos son desconocidos), recrean un sistema sujeto a los arbitrarios designios de un país o más ajustadamente de un hombre que se propone Jesucristo redivivo. Afortunadamente, nada indica que sobreviva a sus yerros, al repudio de las democracias y a las elecciones legislativas de su propio país. Razón por la cual, tal como han hecho Brasil, México, Colombia o la Unión Europea, lo más prudente parece ser mantenernos en silencio sin dilapidar principios que nos distinguen.