IGNACIO DE POSADAS
No los toquen, son mis gurises", decía la Ministro Arismendi hace años, previo a jugarse una peliculita de acción, ayudando a escapar a varios delincuentes, con el Senador Lorier al volante. "Son los grandes medios de comunicación", dice la Ministro Tourné, atribuyéndoles la reacción de la gente, asustada e indignada por lo que percibe como una desprotección frente a la violencia y el despojo.
Para ambas jerarcas gubernamentales, todo se explica por las mismas causas: el Neoliberalismo. El Neoliberalismo estaba detrás de los muchachos que usaron el ingenuo voluntarismo ideologizado de la Ministro de Bienestar (y casi terminan para siempre con el bienestar de la Señora y su escudero-motorista); y el Neoliberalismo está adentro de esas máquinas perversas denominadas Grandes Medios de Comunicación.
Pero ya llevan casi 4 años de gobierno y el tiempo erosionó la credibilidad de estos eslogans. El Neoliberalismo -que nunca existió- ya perdió el atractivo de comodín para explicar todas las culpas. Era el culpable de la delincuencia y de la inseguridad, en su doble rol de creador de estructuras que hacían malos a ciertos humanos, a quienes luego reprimían insensiblemente. Pues hace años ya que las estructuras las maneja el Frente, con abundante plata y poder político absoluto y la realidad es sustancialmente igual en cuanto a las causas, pero mucho peor en sus manifestaciones. La gestación de actores criminales no ha diminuido un ápice, al tiempo que los mismos consiguen ser muchísimo más prolíficos, (dudo que a la Sra. Arismendi le diera otra vez por jugar a la Mujer Maravilla).
La realidad es que ha aumentado la criminalidad, numérica y cualitativamente: hay más casos, más violencia y hasta más irracionalidad.
Que los canales de TV dediquen parte de sus informativos a mostrar episodios tristes y degradantes es criticable por lo que implica en cuanto al nivel de información, pero no puede atribuírseles ser la causa de los males que resuelven divulgar. La verdad es que el Frente, contando con una situación económica excepcional que lo colmó de dinero y con enorme poder ha hecho poco por atacar las causas de la delincuencia y nada por mejorar la represión de sus manifestaciones. Tal fracaso pone de manifiesto dos cosas:
1. - Hay que repensar los abordajes a la enfermedad, despojándolos de distorsiones, ideológicas, culturales o políticas.
El viejo planteo de que la delincuencia es fruto de estructuras económicas y sociales y que debe mirarse con tolerancia mientras esas estructuras no cambien, ni es lo suficientemente profundo y discriminativo como diagnóstico, ni conduce a conclusión útil alguna. Por el contrario, alimenta actitudes quiméricas y estériles. Más útil que seguir perdiendo el tiempo buscando al capitalismo en las raíces de la criminalidad, es reconocer el parentesco de ésta con el menosprecio por la familia, la decadencia de la educación, el fomento del facilismo y algunos otros factores, bastante más reales y complejos.
La izquierda creyó -o hizo creer- que los problemas del Uruguay se explicaban por causas muy simples: algo llamado Neoliberalismo, en manos de roscas embebidas de corrupción. De ahí salían todos los males: las dificultades económicas, la pobreza, la violencia, la emigración, todo. Para ser felices bastaban dos cosas, echarlos y aplicar fórmulas "Progresistas", lo que implicaba una solución unificada: votar al Frente. Así ocurrió. Pero la solución no se dio.
En parte porque ni existía el tan mentado Neoliberalismo, ni eran tan malos los que intentaban gobernar y en parte también porque la fuerte dosis de ideología dogmática, batida incesantemente por el discurso "progre", no dejaba ver la realidad. Que se compone sí de factores económicos, pero en la que también pesan otros, que están en la raíz del decaecimiento de valores básicos, como la familia y a ese deterioro ha contribuido eficazmente el progresivo vaciamiento de contenido a la educación pública, la guerra contra toda dimensión espiritual del ser humano y el colocar a la igualdad como valor cardinal, relativizando todo lo demás.
2. - La segunda cosa que está muy clara es que no se puede esperar a la aparición de una cura sustancial, sin tomar medidas contra las manifestaciones del mal. Es triste, pero hay que decirlo: debe aumentarse la represión, ya.
No significa mano libre para hacer cualquier cosa y tampoco creo que mejore el problema aumentando las penas. El camino, difícil pero inevitable, va en la dirección de aumentar la detección y represión del delito, (sin llevarse la Constitución por delante). Esa necesidad (no preferencia), conlleva un sacrificio económico de la sociedad en pro de las poblaciones carcelarias. Hay que aumentar la capacidad carcelaria, pero también hay que mejorar las condiciones de los reclusos. Será discutible si una cárcel puede reforme un número sustancial de personas, pero no puede admitirse que seres humanos vivan como bestias. Una cosa es impedir que hagan daño y otra distinta el ensañarse con ellos.
Todo eso implica costos y debe explicársele a la sociedad no sólo su necesidad, sino el hecho de que hoy mismo está soportando costos iguales o mayores, en rejas, alarmas, guardias y demás, con la enorme diferencia de que le significan pérdida de calidad de vida.