Hay que dar esta nueva batalla por la democracia y la libertad”. Con esas palabras, este fin de semana, Gustavo Petro convocó a desconocer el escrutinio que marcaba la derrota de su candidato. La frase invierte todo: la democracia se invoca para atropellar su resultado, y la batalla se libra contra aquello que dice defender.
No hay nada en verdad novedoso en esto. En el siglo XX todos quisieron llamarse democráticos, especialmente quienes menos lo eran. La República Democrática Alemana puso la palabra en el nombre mientras levantaba un muro y montaba un Estado policial. En términos más criollos, Arismendi y el Partido Comunista uruguayo acuñaron la “democracia avanzada”, que en su propia letra no designaba un régimen sino una etapa hacia otra cosa.
El abuso de la palabra no es la hipocresía suelta de un dirigente que un domingo perdió la cabeza, sino el síntoma de una concepción que en verdad nunca creyó en la democracia con todo lo que eso implica. Si democracia significa que la mayoría manda y nada más, entonces todo lo que se interponga entre el líder y esa mayoría, los jueces, la prensa, la oposición, la libertad de expresión, la propiedad privada, la Constitución, es un obstáculo a remover. Remover cualquiera de esos obstáculos pasa a ser un acto “profundamente democrático”.
Conviene entonces decir qué entendemos por democracia, porque la palabra sola ya no alcanza. La única democracia que funcionó en estas décadas no fue solo aritmética electoral de dar poder a las mayorías. Incluyó la separación de poderes, la prensa libre, los derechos individuales, la propiedad, el límite al avasallamiento de las minorías. Sin esos límites lo que queda son elecciones, no democracia. Por eso cada vez que un líder promete “democratizar” la justicia o los medios habría que temblar: detrás de esa palabra noble suele venir el sometimiento de las garantías de todos a la mayoría que ese líder hoy tiene y mañana puede perder. El “faro moral” de la izquierda iberoamericana, Pablo Iglesias, es un caso clarísimo de esto; cuando dice que hay que democratizar la justicia o los medios de comunicación en verdad está pidiendo eliminar los contrapesos más básicos que frenan el autoritarismo.
Esto pasa por izquierda y por derecha. Trump atacando a la prensa y a los controles del propio Estado norteamericano es la versión derecha del mismo iliberalismo que practica el chavismo. El politólogo Andrés Malamud viene señalando que democracia y liberalismo tienen “almas” distintas: una quiere que mande la mayoría, el otro que no se avasallen los derechos. Tiene razón en lo conceptual. Pero en los hechos ninguna democracia se sostuvo sin volverse liberal. Venezuela lo muestra con crudeza: el chavismo empezó ganando elecciones en una cancha inclinada, pero ese mismo iliberalismo terminó impidiendo que cualquier otra mayoría pudiera gobernar. En 2015 ganó la oposición y no pudo ejercer. Ahí dejó de ser una democracia iliberal y pasó a ser una dictadura.
Quien ataca los valores liberales en nombre de la democracia ataca la única democracia que demostró sostenerse. Sin contrapesos, la minoría de hoy pierde hasta el derecho a ser mayoría mañana. En Uruguay estamos, por ahora, a salvo. Pero el mayoritarismo iliberal que vemos en tantos lados va a golpear.