En el parque bajo el sol

El martes de la semana pasada fue 27 de junio. Esa fecha ha terminado siendo emblemática de un período aciago de la historia de nuestra república. Fue largo ese período, varios años, demasiados años. Pero se ha sintetizado en un instante, en una foto: la de los mandos militares de la época entrando al Palacio Legislativo en la madrugada de ese invierno. Invierno del calendario e invierno institucional.

Ese pasado de oscuridad para nuestro país no podía ser borrado, tenía que ser recordado y traído periódicamente a la memoria y a la atención colectiva. Eso es lo que se está haciendo en estos días.

Pero la fecha del 27 de junio es una fecha de derrota, es la instancia simbólica de un prolongado proceso de caída, de derrumbe. Siempre me ha llamado la atención que no se hubiera elegido para conmemorar, para tomar como legado y emblema, la fecha del acto del Obelisco, que es una fecha de triunfo.

El período oscuro de nuestra República tuvo causas, orígenes y desencadenantes múltiples. Sobre ellos se han escrito bibliotecas enteras (tanto para esclarecer como para confundir) y en el curso de estas semanas se han desempolvado torrentes de fotos, testimonios y discursos.

Ese período tan oscuro tuvo un proceso de salida. Fue también este un proceso de años, de pequeños logros sucesivos, de tenacidad sagaz de parte de dirigentes políticos comprometidos y de logros graduales.

El emblema, el símbolo más apropiado de ese proceso de salida, podría haber sido, debió haber sido, aquel día de noviembre en que nos congregamos al pie del Obelisco. ¿Por qué no celebrar y rememorar la victoria en vez de la derrota?

El acto del Obelisco fue un hito importantísimo en el proceso gradual de salida del período de facto: proceso escalonado, sucesión de pequeñas conquistas que los partidos iban arrancando a las fuerzas militares, sumando espacios para la lógica política y acorralando la lógica bélica.

El maravilloso acto del Obelisco fue el elocuente símbolo de lo que queríamos reconquistar y estábamos en trámite de reconquistar: un Uruguay democrático sin exclusiones. La voz de Candeau resonó en nombre de todos los partidos, los permitidos y los que no lo estaban.

Los procesos políticos -los que son, a la vez, democráticos y exitosos- adquieren primero consistencia en el imaginario colectivo. Ese día de noviembre se consolidó en el imaginario colectivo que en nuestro país estaba firmemente en curso un proceso de salida y de recuperación y cuáles eran las características de lo que se buscaba recuperar. La proclama, escrita a cuatro manos por Gonzalo Aguirre y Tarigo, sumada a la presencia física de los que integrábamos el estrado, más la presencia simbólica de los excluidos emblemáticos (Seregni y Wilson) presentes a través de sus señoras, era el viejo-nuevo Uruguay de siempre y para siempre.

La memoria colectiva de un pueblo tiene vigor propio pero también es empujada por fuerzas sociales o colectivas que habitan en su seno y en las que se encarnan y pesan interpretaciones y preferencias, sean personales, partidarias y de todo orden. Me hubiese gustado que los variados brazos del río de la memoria colectiva hubieran convergido hacia el acto del Obelisco más que en la disolución de las Cámaras. Ojalá que este noviembre que viene esto se empiece a materializar. Que nos motive más conmemorar las victorias que las derrotas.

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