La marcha que nunca se hizo en Plaza Libertad en defensa de los derechos de los venezolano, no contó con la presencia del presidente del FA, Fernando Pereira. Tampoco de la vicepresidenta Carolina Cosse. De hecho, no fue nadie a ninguna plaza a defender esa causa. Ni dirigentes ni militantes.
No se escuchó un discurso encendido, en lenguaje inclusivo, a través del cual un joven con morral en bandolera, irritado por las injusticias cometidas contra un pueblo hermano oprimido por una tiranía, invitaba a los compañeros, compañeras y compañeres a exigir la liberación de los presos políticos recluidos en el macabro Helicoide y poner fin a las torturas que allí se administraban. Ningún periodista de un medio con sensibilidad de izquierda le puso el micrófono a Oscar Andrade para que disparara su metralleta verbal contra los abusos del régimen chavista. Y nadie condenó los asesinatos, el cierre de los medios de prensa, la proscripción de los partidos políticos opositores. Nada se dijo de los casi 8 millones de venezolanos que huyeron del país, conformando la diáspora más grande de la historia de Latinoamérica.
Hasta el 3 de enero.
Al rato nomás que se conociera la noticia de que finalmente Estados Unidos había ingresado en Caracas para llevarse, como chicharra de un ala, a uno de los tiranos vivos más despreciables del planeta, la convocatoria finalmente se realizó.
Pero espere, no se afile, amigo lector. Porque, igual que en la marcha que nunca ocurrió, en ésta tampoco hubo críticas a la dictadura ni a las torturas ni a los asesinatos ni a la represión ni a nada que pudiera llegar a afectar la sensibilidad de la izquierda autóctona.
El motivo de la convocatoria fue criticar a Estados Unidos y no al régimen criminal de Maduro. La gente allí reunida entendió durante años que nada de lo que ocurría en Venezuela merecía una movilización ni un reclamo. Tampoco creyeron necesario que alguien hiciera algo para ayudar a ese pueblo, pisoteado por una tiranía de la más oscura calaña.
En cambio, que los gringos pensaran lo contrario, les hizo hervir la sangre. Y allá se fueron para la plaza, abrazados a esas frases fetiche de la izquierda latinoamericana y de todo apasionado por la literatura de Galeano Hughes: “Fuera yankis de América Latina” y “No al imperialismo”. Indignados por la captura del líder chavista, los manifestantes lloraron por un derecho internacional, olvidando quizá que Venezuela rechazó la Corte interamericana, la carta de la OEA e impugnó la carta de DD.HH interamericana.
Patearon contra la injerencia de Donald Trump al tiempo que lamentaron que treinta y dos cubanos que componían la guardia personal de Maduro, hubieran caído bajo la acción implacable de los agentes especiales estadounidenses en la operación que puso fin a la carrera macabra del tirano de bigotes. Denunciaron la intención de EUA de llevarse el petróleo venezolano pero no dijeron ni pío cuando se lo llevaba Rusia, Irán y China. Lloraron por las riquezas que Trump les va a quitar, pero no les preocupó que el socialismo siglo XXI se las afanara antes y dejara al pueblo sumido en la pobreza.
Por la complejidad del tema, es difícil saber a ciencia cierta lo que está pasando en Venezuela. Pero por la simpleza del pensamiento de nuestra izquierda, es facilísimo entender lo que ocurre aquí, en el Uruguay.