A veces, conviene hacer un alto en el camino. Situarse, como en la recordada película, lejos del mundanal ruido. Aislarse de la vorágine de los acontecimientos diarios, cuya trascendencia muchas veces magnificamos por falta de perspectiva. La inmediatez, además de quitar visión y perjudicar el juicio equilibrado, suele proyectar la mediocridad y desdibujar las ejecutorias pródigas en realizaciones auténticas, cuyos prolongados tránsitos vitales alcanzaron niveles de maestría.
Es cierto, al decir del poeta inmortal, que "Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar/ que es el morir". Y que van "allí los ríos caudales/ allí los otros medianos/ y más chicos". Sí, pero a unos pocos les es dado el privilegio de llegar al común destino con aportes caudalosos, negados a la gran mayoría de los mortales.
Ha sido el caso del Profesor Emérito de la Facultad de Medicina, Manlio Ferrari, fallecido nonagenario el viernes pasado. Sucesor distinguido de la estirpe de los grandes clínicos compatriotas —que con él quizás se extingue—, es decir de Piaggio Blanco, García Otero, Purriel y Herrera Ramos, enalteció la medicina nacional. Brillante docente, según sus muchos discípulos, ocupó con amplia solvencia la cátedra de Clínica Médica, la más importante para el ejercicio profesional.
Sus sucesores lo invitaban regularmente a dictar algunas clases, para solaz de los alumnos, beneficiados con las enseñanzas del Maestro.
Era, éste, de corta estatura, robusta cabeza y mirada límpida, que denotaba al hombre de talento y voluntad firme. Brillaba también, por supuesto, en el ejercicio profesional. Por experiencia personal, puedo afirmar que era exhaustivo en el examen del paciente y en el interrogatorio sobre sus pasadas patologías, conocida como la anamnesis, que decía haber aprendido del Prof. Mussio Fournier, el gran endocrinólogo que fuera su primer maestro. Venía luego el diagnóstico, siempre certero. Y, recién después, la indicación de los análisis, a mero fin confirmatorio del fallo ya emitido.
Era, sin duda, un notable médico, que a muchísimos compatriotas salvó o prolongó sus vidas, directamente o a través de sus cientos o miles de discípulos, beneficiarios de sus sabias enseñanzas. En nombre de todos ellos, lo despido y evoco con gratitud y respeto.
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Hoy, 29 de agosto, celebra sus gallardos 95 años otra luminaria de la vida profesional uruguaya. Bien que lo ha sido, dentro y fuera del país, en el mundo hermoso de la arquitectura, Don Luis García Pardo. El espacio no nos permite explayarnos sobre su triunfal y polifacética trayectoria.
Apretada será su síntesis, pues. Hombre de múltiples inquietudes, en su juventud fue meteorólogo y subdirector del Observatorio Astronómico de la Universidad. Docente vocacional, fue profesor de Cosmografía, Geometría proyectiva y Geometría Descriptiva durante cuatro décadas, retirándose en 1973. Antes, se había hecho tiempo para dar, además, clases de Física y de Geografía.
En la Facultad de Arquitectura le crearon dos cátedras: la de Acústica y Optica y la de Acondicionamientos térmicos y lumínicos. Por sus conocimientos científicos, sólo él podía ocuparlas. Además, fue catedrático de Taller Libre de Anteproyectos, a solicitud cursada al Decano por 60 alumnos.
Con tan vastos conocimientos, amplio fue su triunfo en el ejercicio profesional. El Gilpe, el Positano, el Pilar —en la proa de Av. Brasil y Bulevar España, primer edificio "colgado" del mundo—, la iglesia parroquial San Juan Bosco y el Edificio L’Hirondelle (en Punta del Este), son algunas de sus realizaciones más notables.
También triunfó en Brasil (1973-1983) y, ya octogenario, por tres años en España. Maestro de la arquitectura racionalista y funcional, aún hoy sueña con nuevas concepciones, como la de las viviendas muebles o transportables, proyecto que, a su edad, no descarta enseñar y divulgar. Como tampoco desdeña forjar nuevas amistades. Y lo hace.
Como a Terencio, nada de lo humano le ha sido ajeno, en su larga maratón a través del tiempo.
¡Salve, Maestro!