El verso del cambio climático

Uno de los desafíos más formidables que podemos plantearnos para este año en cuanto a debates ciudadanos es desenmascarar la gran mentira ambientalista que opera como principio organizador y última justificación de muchas de nuestras políticas públicas.

Como cualquier hijo de vecino, durante muchos años creí sinceramente en la preocupación ambientalista. Pero a partir de 2009 la cosa cambió. Primero fue aquel fiasco en Copenhague, cuando en ocasión de la conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático quedó claro que se habían fraguado investigaciones y resultados con tal de hacer creer en escenarios catastróficos futuros. La sospecha se hizo mayor cuando vi luego aquel documental de 2007 de la BBC (cuando ella era seria) “The Great Global Warming Swindle”. Y finalmente, se hizo enorme cuando en 2012 leí el excelente trabajo de Fernando González Guyer, “Uruguay y el calentamiento global: el mundo de las “ficciones convenientes”, que desarmaba el conjunto de sandeces que el asunto ambientalista quería imponer al país.

Como es un tema arduo, pero a la vez se fue haciendo cada vez más importante, profundicé con especialistas varios y visiones diferentes. Los siguientes fueron decisivos: Lomborg (Falsa Alarma, 2021); Campillo (Homo Climaticus, 2018); Schellenberger (No hay Apocalipsis, 2021); Woessner y Seznec (Les illusionistes, 2024); Koonin (Unsettled, 2021); y Dartnell (Orígenes, 2019; Ser Humano, 2024). Mis conclusiones de estas lecturas (y de unas cuantas más) es doble: por un lado, el cambio climático siempre existió y nada tiene de extraño lo que pueda estar ocurriendo en estas últimas décadas. Por otro lado, y mucho más relevante: no hay certeza alguna de que ese cambio climático sea una consecuencia de la actividad humana, sobre todo de la industrialización del mundo y la expansión de la sociedad de consumo.

Las consecuencias de este cambio de paradigma sobre las políticas públicas son fenomenales. Por ejemplo, hay que dejar todo el costosísimo cambio de matriz energética, para centrarse en lo que efectivamente potencia el desarrollo, que pasa por la energía buena y barata: hay una pertinente iniciativa colorada en este sentido para fomentar la nuclear. O sea: dejar de insistir con los transportes eléctricos subvencionados, de los que se beneficia la geopolítica china, y conservar los cada vez más eficientes transportes que usan hidrocarburos.

Otra ilustración de este cambio de paradigma: hay que terminar con todo el discurso apocalíptico-ecológico que ha llegado a estar incluso muy extendido en nuestra educación básica. Y hay que terminar pues con los discursos de miedo sobre el futuro, esos que infelizmente en Occidente están incidiendo en la extensísima actitud de las nuevas generaciones de privilegiar perspectivas malthusianas y por lo tanto no formar familia (y sostienen la sandez de no comer carne). Si se lo piensa bien, el daño ya causado económico, social y psicológico es incalculable. Y todo en base a medias verdades, proyecciones exageradas, y mucha ignorancia y extensión de intereses económicos y sociales que se benefician de tanta tontería ideologizada.

Por todo esto es un gran desafío terminar con el verso del cambio climático antropogénico. Hay buenos aliados en la región. A las cosas.

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