Terremoto en suelo uruguayo! De muchacho a uno no le enseñaron a esperarlo, ni en el liceo ni en los artículos de Jorge Chebataroff en el suplemento sepia de El Día. Pero la vida, inexorable, cura los optimismos ingenuos. Y los sismógrafos no mienten: hubo terremoto. Eso sí: más raro que haberlo tenido es que el sismo impactó menos que los dichos de la geóloga que lo interpretó en los medios.
Hirsuta y llana, la Prof. Dra. Leda Sánchez reprochó la escasez de recursos para investigar. Nada original. Pero denunció algo más grave aún: la indiferencia política al tema. La ejemplificó con lo que vivió en la Comisión de Presupuesto del Senado: cuando, en 2020, le dieron “5 minutos” para exponer la oyeron atentos solo los senadores Botana y Manini. ¡El resto estuvo digitando celulares! La profesora no dijo “digitando”. Usó otro gerundio, genital y popular, que se viralizó.
Un éxito de reenvíos, pero lo pintoresco de la “boutade” no debería distraernos de la gravedad de los mensajes: si el terremoto hubiera sido unos kilómetros más acá o más allá, habría costado vidas, edificios, tragedias. Vivimos de espaldas a nuestros riesgos. En materia de sismos quedamos avisados. Pero el asunto no para ahí.
Dar la espalda a los riesgos es viejo tema del drama nacional: la postergación con apuesta a la buena suerte.
Sánchez reveló que, por falta de apoyo, ha tenido que rebuscárselas y hasta poner dinero propio para equiparse. Marcó la misma dejadez insidiosa que nos patentizó la crisis del agua.
A más conocimiento más previsión y más acción, enseñaba Augusto Comte sembrando ilusiones a manos llenas. Sus seguidores positivistas abrazaron ese lema sin enterarse de que la dinámica de la esperanza de saber provenía de Aristóteles. Pero habiendo abandonado esas profundidades filosóficas, hoy el conocimiento resbala, la previsión se ahoga en el relativismo y la acción se aborta por no cultivar la lucidez y la voluntad. Es más fácil echar la culpa a la sociedad, a los padres, al sistema, con tal de distraerse de la responsabilidad.
A la Dra. Leda Sánchez debemos admirarle la entereza con que se pronunció desde los adentros de su vocación. No se preguntó cómo quedaba ella si nombraba a Andrade, el más cercano de los senadores que le prestaron la cara y se fueron por el celular. Desde su pasión por las rocas magmáticas y sedimentarias, impartió una clase de señorío y civismo.
Pues bien. No nos resignemos a la frustración del Uruguay trancado en la vida práctica y perezoso para los estudios teóricos. Limitar las inquietudes del saber a pequeños círculos nos empobrece.
Y somos solo 3 millones y medio en los 7.800 millones de la población mundial! ¡A gatas 0,00044%!
Hace una década Juan Pablo Cajarville renunció a su cátedra de Derecho Administrativo y publicó su cansancio de dar clase a alumnos sin hambre de saber. Antes, en 1948, Paulina Luisi publicó su libro contra el proxenetismo, bajo el expresivo título “Otra voz clamando en el desierto”. Y como ellos, ¿cuántos?
Por olvidar lo que tantos Maestros sufrieron, tenemos un Uruguay de soledades, cuyo espíritu achatado nos rebana el horizonte.
¿No estaremos necesitando un terremoto por dentro de “nosotros mismos”?